Colombia de regreso: reencuentro con Sudamérica

A un año de haber entrado en Estados Unidos, nuestras ganas de estar de vuelta en Sudamérica eran incontenibles. Cuando uno recuerda un lugar o momento tiende a exagerar un poco las cosas y a rescatar lo bueno y maravilloso que vivió allí pasando por alto lo demás. A nosotros nos pasó un poco eso y esperábamos en Colombia encontrar todo eso que tanto extrañamos en Estados Unidos. Volvimos buscando la calidez de la gente, la vida en la calle, la informalidad, las comidas caseras, las frutas que caen directo de los árboles, las ventas en la vereda. Y de a poco las fuimos encontramos, pero también volver a Sudamérica nos generó un choque que no esperábamos. Tal vez porque nos habíamos acostumbrado a las comodidades de Estados Unidos que hacen que muchas cosas sean más simples. Tal vez porque llegamos a Cartagena en Semana Santa, la semana más concurrida del año y con una temperatura que no bajaba de los 30 grados y sin tener un lugar a la sombra donde pasar el día. Pero empecemos por el principio.

Otra Semana Santa en Cartagena

Cargados con cuatro valijas grandes, dos pequeñas y dos mochilas de mano que contenían casi todo el interior de la Kombi, llegamos al aeropuerto de Cartagena de Indias. Cuando empezamos a preguntar a los taxistas cuánto nos cobraban para ir al hotel que habíamos reservado mientras esperábamos que la Kombi llegara en barco, escuchamos una voz que nos resultó familiar. Era Luis, un viejo amigo que nos había recibido en su casa de Medellín exactamente dos años atrás. Justo estaba por Cartagena y como sabía a qué hora llegaba nuestro vuelo, pasó a saludarnos dejándonos una nueva invitación para visitar su finca en tierra paisa.

Esa primera noche la pasamos en un hotel en el barrio de Manga, cerca de donde teníamos que empezar los trámites para sacar la Kombi del puerto una vez que llegara. Entre el calor y los mosquitos no dormimos nada. Al día siguiente nos tomamos otro taxi con todos nuestros bártulos y nos mudamos cerca del puerto, al barrio Bosque, a lo de María Claudia y Edgar, a quienes les habíamos reservado una habitación de su casa por Airbnb. Enseguida nos sentimos muy cómodos, nos pusimos a charlar con Mary y conocimos a Jaime, uno de los huéspedes portugués que había vivido muchos años en Argentina. Pasamos ahí un par de días entre idas y vueltas para recuperar a Dora mientras nos derretíamos del calor. Finalmente y después de varios trámites (que pueden leer en esta nota) llegó el día tan esperado. Salimos del puerto con Dora, que estaba un poco más sucia que la última vez que la vimos, con una rueda pinchada y unas herramientas de menos, pero llena de historias de alta mar para contar. Volvimos a lo de Mary y Edgar donde habíamos dejado el equipaje y estuvimos horas volviendo a poner todo en su lugar. Como empezó a oscurecer y no habíamos terminado, nos quedamos una noche más en su casa.

Ordenando a Dora – Foto Jaime Alves

Al otro día y con todo ordenado, nos despedimos de todos y nos fuimos a Bocagrande, un barrio bastante turístico a unos pocos kilómetros del centro histórico donde hay hoteles, departamentos y restaurantes. Buscamos el estacionamiento frente a la estación de policía donde nos habíamos quedado hacía dos años y encontramos que nada había cambiado. Ahí conocimos a Ceci, Roberto y Ramiro de Kombinando Caminos, una familia viajera de Mar del Plata también con rumbo al norte. Pasamos un par de noches durmiendo en la policía, un lugar ideal porque era seguro, estaba frente a la playa, corría aire fresco y los árboles nos reparaban del sol. Hasta nos hicimos amigos del Subcomandante que siempre venía a charlar y un día nos regaló empanadas hechas por él. Durante el día nos íbamos a la calle principal de Bocagrande para vender postales y artesanías aprovechando la gran cantidad de gente caminando durante esos días de Semana Santa. Nos defraudamos un poco de no haber podido encontrar el lugar en donde nos estacionábamos para vender dentro del Casco Histórico dos años atrás. Antes era una calle para autos y hoy está convertida en peatonal. Aprovechamos el ambiente caribeño para comer muchas frutas que nos resultaron difíciles de conseguir en otros lados (o muy caras) y que extrañábamos mucho. También volvimos a comer más sano, algo que habíamos dejado un poco de lado en Estados Unidos con tanta oferta de comida rápida.

Todo parecía ir bien hasta que se empezaron a complicar un poquito las cosas. Un día, mientras estábamos desayunando frente a la estación de policía, se acercó un policía de turismo no muy simpático y nos dijo que no podíamos quedarnos ahí porque molestábamos a los que lavaban los autos (?). Nos pareció raro porque el Subcomandante había dicho que estaba todo bien y a los que lavaban los autos los conocíamos de la otra vez que habíamos estado ahí y tampoco había problema con ellos. Para evitar molestias, nos movimos a unas cuadras de ahí, a un lugar llamado El Laguito, detrás del hotel Hilton. Era más silencioso, pero mucho más caluroso ya que no corría aire ni había árboles que nos dieran sombra. Al otro día, mientras charlábamos y vendíamos artesanías a los turistas en la calle principal de Bocagrande, se acercó otro policía a decirnos que necesitábamos un permiso para hacer eso y que nos teníamos que ir. Entendemos que sea necesario un permiso para regular las ventas pero lo que nos daba bronca eran las contradicciones, mientras unos policías nos compraban postales y regalaban comida otros nos echaban. Para empeorar las cosas, una tarde a Nico le agarró diarrea y vómitos. No podía parar de vomitar, todo dentro de la Kombi y en medio de la calle sin baño a donde recurrir. Recién a la 1 de la mañana lo pude convencer de ir al médico y se quedó internado con suero hasta las 4.30 am que le dieron de alta. Suponemos que fue un virus porque había mucha gente igual y además los dos habíamos comido lo mismo (preparado por nosotros) y a mi no me pasó nada. Por suerte al día siguiente ya estaba completamente recuperado.

Afortunadamente no pasó nada grave, pero los inconvenientes, cuando se van sumando, terminan convirtiéndose en una gran molestia. 15 días después de haber pisado Cartagena, decidimos que había sido suficiente. A pesar de que uno elije esta vida (y la seguimos eligiendo) no siempre todo es perfecto y hay momentos en que uno está incómodo y siente la necesidad de quejarse. Ya no soportábamos el calor para dormir dentro de la Kombi y las idas y vueltas de la policía. También nos desagradó mucho la cantidad de basura y mugre por todos lados, no poder caminar dos cuadras sin que te intenten vender algo (y encima que nos hablaran en inglés pensando que éramos gringos), la cantidad de gente haciendo nada todo el día tratando de sacarle un peso al turista como sea.

Por suerte la Semana Santa terminó y todo se tranquilizó un poco. Nos tomamos unos días para recorrer la ciudad amurallada que es lo más lindo de Cartagena y lo que realmente vale la pena conocer, es una belleza. Caminamos sus calles adoquinadas, vimos shows callejeros, contemplamos el atardecer desde la muralla, visitamos los lugares característicos, y algunos museos y nos dimos una panzada de muestras gratis en el Choco Museo. Después de terminar algunas cosas que teníamos pendientes, como imprimir postales y comprar hilos para las pulseras, nos despedimos y encaramos la ruta para Tolú.

Acampando con amigos viajeros en Cartagena

Breve visita al mar Caribe

Como en el camino de ida no habíamos podido ir, decidimos pasar a visitar algunos pueblitos costeros del oeste del país. La idea era quedarnos unos días en Tolú y en Coveñas para disfrutar la playa que en Cartagena no habíamos pisado (la realidad que las playas de Cartagena están abarrotadas de gente y no son lo paradisiacas que uno espera). Pero antes de llegar leímos en Internet que había habido varios robos con machetes a turistas en esos dos pueblos. No sabíamos qué tan reales fueron esos casos, otros amigos habían estado allí sin problemas, pero preferimos pecar de cuidadosos y evitar un mal momento, así que sólo dimos una vuelta de pasada por los dos lugares. Además ninguno nos atrajo demasiado como para quedarnos. Como no queríamos irnos de la costa sin al menos meternos al mar un día, paramos en Cispatá, un pueblo ínfimo con una linda playa. Estacionamos la Kombi en el parqueadero de una marina y hotel y caminamos hasta la playa que estaba completamente vacía. Lo primero que hicimos fue meternos al agua que estaba calentita! Fue el mar más caliente que probamos en todo el viaje. Nos pasamos unas horas dentro del agua hasta que empezó a llover y a refrescar. Volvimos a la Kombi y los del hotel nos dejaron usar las duchas de la piscina para sacarnos el pegote de la sal. Ahora sí, estábamos listos para empezar a subir la montaña.

La ruta más larga

La primera parada después de Cispatá fue en una gasolinera de Planeta Rica, a una hora de Montería. Estacionamos entre camiones sabiendo que nos iban a levantar temprano con el ruido de los motores. Llovió muy fuerte toda la noche y al día siguiente nos levantamos con la Kombi completamente limpia y sin camiones a la vista. Dormimos tan profundo que nunca los escuchamos irse. Mientras desayunábamos se nos acercaron dos motoqueros, uno colombiano y otro peruano, que estaban recorriendo Sudamérica. Hay una cantidad inimaginable de viajeros por estos pagos y en la ruta nos cruzamos con varios más.

Salimos de Planeta Rica y tomamos una ruta eterna con destino Medellín que sube y baja la montaña. Después de varias horas de curvas y muchos camiones nos dimos cuenta que ya no teníamos gasolina. Sacamos la cuenta y nos daba que teníamos -3 litros! Faltaban 10 kilómetros para llegar a una gasolinera, los 10 kilómetros más largos del mundo. Ya nos imaginábamos varados en medio de una ruta angosta que ni banquina tenía. Pero no, Dora aguantó y llegamos a la estación de servicio de Yarumal, un pueblo bastante deslucido colgado en la montaña. Como ya era de noche empezamos a buscar un lugar para dormir. Preguntamos en varias gasolineras pero todas cerraban. Nos metimos al centro de la pequeña ciudad cuyas calles eran empinadísimas y buscamos la estación de policía o de bomberos para preguntar si podíamos dormir ahí. Pero todo era tan pequeño y tumultuoso que no había lugar para estacionar en ningún lado. Decidimos manejar unos kilómetros más y llegamos a estadero (un restaurante y paradero de la ruta) que estaba al lado de un peaje (uno de los 13 peajes, sí 13, que tuvimos que pasar en los últimos 4 días). Pasamos la noche ahí sin problemas y felices de poder dormir con medias y frazada después de tanto tiempo con calor. En unas horas pasamos de los 0 a los 2700 metros de altura y de 30ºC a 18ºC. Estábamos en nuestra salsa.

El paisaje de camino a Medellín

Dos semanas en Medellín

Al día siguiente nos levantamos temprano e hicimos los 70 kilómetros que nos separaban de Girardota, el pueblo a las afueras de Medellín donde vive nuestro amigo Luis. Llegamos a su finca en donde nos recibieron Carmencita, Rubén y su nieto Kevin. Volvimos a disfrutar de las ricas comidas y tinticos de Carmen y de la paz y belleza de la quinta. Estuvimos dos semanas de las cuales aprovechamos cada minuto. La primera semana usamos el espacio y las herramientas y le hicimos varias cosas a la Kombi que teníamos pendientes, no tanto de mecánica pero si del interior. Reparamos el mecanismo de la ventana del conductor que venía roto hacía tiempo, fabricamos una mesita rebatible para extender la mesada, construimos y reparamos algunos cajones, cambiamos los mosquiteros que estaban rotos, reemplazamos los colchones que ya tenían mucho tiempo por unos nuevos y pintamos un mural que quedó muy bueno y le dio más vida y color al interior.

La segunda semana visitamos la ciudad unos días para comprar materiales para hacer artesanías y aprendimos a hacer unas pulseras nuevas con mostacillas sobre un telar que son típicas de Colombia. Lleva tiempo y concentración pero el trabajo final queda tan lindo que vale la pena.

Además nos pusimos al día con notas, fotos, videos y con el libro que estamos intentado escribir sobre el viaje y del que pudimos adelantar bastante. También nos reunimos un par de veces con los del Club Volkswagen de Medellín con los que compartimos comidas y nos compraron varios stickers.

Finalmente llegó la hora de despedirnos y seguir camino para el sur, sino arrancábamos nos íbamos a terminar quedando ahí para siempre.

Con Luis y el Club Volkswagen Medellin

Próxima parada: ¡el eje cafetero! (de nuestros lugares preferidos)

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2 thoughts on “Colombia de regreso: reencuentro con Sudamérica

  1. ¡Hola Chicos!
    Imaginen por un momento que por esas cosas de la vida a inicios del 2014, se les hubiese pasado por la cabeza que lo que estaban por emprender era una locura y este viaje nunca sucedió.

    Imaginen que ahora tienen 45 años y siguen trabajando en la misma oficina.

    Esa vocecita que en ese momento les decía que tenían que hacer ese viaje se hubiese convertido en un grito de reclamo.

    Más allá de experiencias, conocimientos, nuevos amigos, etc. No saben de lo que se salvaron!! No tienen idea lo que es aguantar al gritón!

    Infinita admiración por lo que hicieron y están haciendo. De todos los adjetivos que se me ocurren el coraje es lo que destaco.

    Un abrazo desde la oficina.
    Guille.

    P.D.: Lo que me intriga profundamente es cómo va a ser la vuelta después de semejante experiencia. Por lo que leí no son ningunos improvisados y seguramente hayan pensado hasta en esa readaptación.

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    1. Hola Guille! Comentarios como el tuyo nos hacen afirmar una y otra vez que tomamos la decisión adecuada, y realmente nunca nos arrepentimos de haber emprendido esta aventura. Gracias!! Lo que siempre decimos es que lo más difícil es arrancar, decidirse a dejar todo y salir. La verdad que en el camino la gente te ayuda tanto que todo parece mucho mas sencillo de lo que uno se imagina antes de salir.
      No tenemos idea que vamos a hacer cuando volvamos, ni siquiera lo que haremos mañana. Vamos dejando que se den las cosas. Lo importante es que sí sabemos lo que NO queremos hacer cuando volvamos, así que por ahi arrancaremos. Primero recorriendo un poco más nuestro país, probando diferentes lugares para vivir hasta elegir el que nos guste y ahí arrancar con algun emprendimiento propio que ya se nos ocurrirá. Por ahora pensamos en el presente que el futuro todavía está lejos.
      Te mandamos un abrazo grande y gracias por escribir!
      Nico y Lola

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