Colombia: vuelta al Eje Cafetero

Hace ya casi dos meses que nos despedimos de Medellín para adentrarnos en tierra cafetera, una de nuestras áreas preferidas de Colombia. Dimos tantas vueltas entre el Quindío y el Valle del Cauca que pareciera no tener sentido, pero es parte de la no planificación que tiene este viaje: nunca sabemos lo que nos espera y estamos abiertos a las oportunidades. Es por eso que cuando creíamos haber dejado la región cafetera, terminamos volviendo a ella por casi un mes más. Pero empecemos por el principio.

Estábamos en Medellín en donde pasamos 15 días en lo de nuestro amigo Luis. Desde allí empezamos a bajar hacia Pereira, la primera ciudad a visitar del Eje Cafetero. Paramos a dormir en el camino algunas noches y una de ellas decidimos desviarnos de la ruta principal, tomar un camino bastante destruido por las insistentes lluvias de los últimos meses (“hace 5 meses que es invierno”, nos contaban, refiriéndose al invierno como a la temporada de lluvia) y llegar a la cima de la montaña en el Alto el Tambor. Este lugar es ideal para hacer parapente y mejor aún para pasar unas noches de descanso con un paisaje único. Desde allí se veían las distintas plantaciones tan perfectamente delineadas que parecían dibujadas. También podíamos ver la ruta por la que acabábamos de pasar, un puente,  algunas casas aisladas, fincas y sobre la ladera de la montaña algunos pueblos que tristemente quedaron arrasados por los deslaves que están afectando varias regiones del país.

Estacionamos en un área verde lo suficientemente cerca de la ladera de la montaña para apreciar mejor la vista pero con una distancia prudencial para no sufrir vértigo. Este es uno de los pocos lugares libres para acampar en la zona y completamente gratis. Pasamos un día muy tranquilo cocinando pan casero, haciendo pulseritas de mostacillas y escuchando un programa de radio muy raro que trasmitía los inquietantes sonidos de las ballenas jorobadas que año tras año pasan por las costas del Pacifico colombiano.

Pereira en un ratico

Dos días después bajamos de la montaña y tomamos de nuevo la ruta principal, en donde nos tocó frenar y esperar varias veces en distintos puntos donde estaban arreglando el camino. Finalmente llegamos a Pereira y visitamos el primer Centro de Información Turística + Cafetería + Mirador que ofrece la Autopista del Café. Nos quedamos un buen rato mirando el paisaje y usando el Wifi y nos convidaron con un rico café para darnos la bienvenida a la región.

A la tardecita bajamos a la ciudad, dimos una vueltas y cuando empezó a oscurecer, arrancó la dura tarea de encontrar donde dormir. Nos agarró la noche, la lluvia y el tránsito de hora pico y no encontrábamos donde parar, así que decidimos volver a tomar la autopista y buscar algo en el camino. Salimos hacia el sur y encontramos otro de los Centros de Información en donde pudimos parar a dormir. Llovió toda la noche sin parar pero amanecimos con un día despejado y los jardineros de la autopista haciendo su ruidoso trabajo muy cerquita nuestro. El ruido nos obligó a levantarnos y aprovechamos a seguir viaje.

Pereira desde arriba

Filandia ya no es lo que era

El siguiente lugar del Eje Cafetero que visitamos fue Filandia, pueblo que se jacta de ser el “más lindo del Quindío” y que ya nos había enamorado a la subida. Como la vez anterior, estacionamos en el parque principal para conocer a la gente del lugar que enseguida se acerca a charlar cuando ven la Kombi. Allí conocimos a Nico y Rocío de Bandolerxs Culturales que también están viajando en una Kombi desde Argentina. Pasamos la tarde con ellos entre reiteradas interrupciones de la policía y los empleados de la alcaldía que nos insistían en que no podíamos estar ahí porque estábamos vendiendo. Les aclaramos hasta el cansancio que sólo estábamos charlando ya que no habíamos armado la tienda rodante y terminé yendo a la Alcaldía a pedir el permiso para vender así nos dejaban tranquilos. Sin ninguna explicación me negaron el permiso y me sugirieron que vayamos para otro pueblo. Les expliqué que acabábamos de llegar, que nos queríamos quedar y que no estábamos ni íbamos a vender nada. Su incoherente respuesta fue que la gente se acerca a hablar con nosotros y por eso debíamos movernos. No hicimos mucho caso de lo que nos dijeron ya que la policía se contradecía con la alcaldía y no tenían motivos para echarnos, así que esa tarde la terminamos pasando allí y disfrutamos de las proyecciones de cine gratis que estaban dando en la plaza. Al día siguiente, para evitar discusiones innecesarias, nos movimos al predio de la estación de bomberos y pasamos el día ahí sin ser molestados.

Este pueblo que tanto nos había fascinado en el viaje de ida, terminó defraudándonos un poco esta vez. Sigue siendo precioso y su gente muy amable y simpática, el problema es que ante tanta visita de viajeros en camionetas haciendo un viaje similar al nuestro, a los empleados públicos y la policía se les terminó la paciencia y ya no somos tan bienvenidos como antes.

Los Willys en la plaza de Filandia

De paso por Quimbaya y Montenegro

Después de dos noches en Filandia, fuimos a recorrer otros de los pueblos que forman el Eje Cafetero. Dimos una vuelta por Quimbaya y terminamos en Montenegro el domingo día de la madre. La plaza principal estaba que explotaba así que estacionamos a una cuadra de allí, abrimos el armario de las artesanías y esperamos a ver que pasaba. Montenegro es un pueblo que, a diferencia de Filandia o Salento, no es visitado por turistas, de hecho creo que éramos los únicos. Pero eso no hizo que llamáramos mucho la atención, ese día todos estaban enfocados en sus madres o esposas, era su día. Después de un rato de estar ahí sin mucho movimiento, apareció Iván con su amiguito Juan Miguel, todo un personaje de 6 años a quien Ivan enseñó a hacer artesanías de chaquiras (collares y pulseras de mostacillas que acabábamos de aprender a hacer y que son típicas de algunas comunidades indígenas del país). Nos quedamos un buen rato charlando con ellos, recibiendo consejos y sacándole fotos a sus creaciones para tomar ideas. Además nos recomendaron dónde comprar más material e intercambiamos una pulsera para que cada uno tenga de recuerdo. A pesar de no haber vendido nada ese día el resultado fue positivo porque nos cruzamos con ellos dos.

A la tarde nos fuimos a la estación de bomberos donde nos dejaron estacionar al lado para pasar la noche. Preparamos unas cuantas tortafritas (es como un pan frito con azúcar típico de Argentina) que devoramos en segundos y que me terminaron pasando factura con vómitos y diarrea hasta la madrugada.

Circasia y la ducha

Al otro día por suerte ya estaba recuperada y salimos rumbo a Circasia, otros de los pueblitos poco turísticos pero con una plaza muy linda. Hicimos una parada en el supermercado y en la verdulería y una vez abastecidos nos dispusimos a buscar un lugar donde bañarnos. Todos estos pueblos están conectados por caminos internos (no hay necesidad de tomar la autopista para ir de uno a otro), caminos que pasan por fincas, casas, plantaciones y paisajes muy verdes como salidos de un cuento. Para poder estrenar la nueva ducha que consiste en solo una manguera que sale del tanque de agua del techo, tuvimos que meternos en un camino de tierra, dar varias  vueltas y finalmente encontramos una cancha de futbol que estaba casi en la mitad de la nada y era ideal para nuestro baño. Nos estacionamos en un lateral para quedar bien cubiertos e hicimos lo propio sin que nadie se enterara. No hay nada más lindo que bañarse al aire libre, y con semejante paisaje. Salimos renovados y listos para ir a Salento.

Salento y el Valle de Cocora

Es otro de los favoritos de la región cafetera y el elegido por muchos. Salento nos recibió muy bien durante el camino de ida a Alaska. Una de las postales que más vendemos fue tomada en su calle principal y gente de todo el mundo seguramente la tiene pegada ahora en su heladera. Cuando llegamos estacionamos frente a la tienda de deportes y camping de Alejandro a quien habíamos conocido a la subida pero con el que no teníamos contacto desde hacía más de dos años y no sabíamos si nos iba a reconocer. A penas nos vio nos saludó como si nos conociéramos de toda la vida y nos invitó a tomar un café. Como nos habían dicho que últimamente estaba imposible dormir en cualquier calle de Salento ya que los viajeros no son muy bienvenidos allí (no sabemos bien que habrá pasado desde la última vez que estuvimos, en ese entonces habíamos podido dormir y vender tranquilos), decidimos irnos del pueblo y buscar un lugar más alejado para dormir.

La famosa postal de Salento

Al día siguiente aprovechamos que al fin la lluvia había parado (desde que estábamos en Medellín la lluvia no paró un segundo) y nos fuimos al Valle de Cocora. La otra vez lo habíamos conocido a medias ya que por la intensa lluvia no habíamos podido ni caminar, esta vez lo disfrutamos más, pudimos recorrerlo y ver las altísimas palmas de cera, el árbol nacional de Colombia.  Terminamos quedándonos dos noches estacionados al final del camino y charlando con todos los que estaban por empezar la caminata en el valle. Una de las noches sufrimos un percance con un cargador del celular que casi termina en incendio, pero gracias a la rápida reacción de Nico pudimos evitarlo. Los cables se calcinaron pero afortunadamente la batería y la Kombi salieron ilesas y sumamos una nueva anécdota.

Como estábamos bastante aislados de todo (sin tiendas para comprar comida y sin Internet), me tomé uno de los Willys (jeeps típicos de la región) para ir a Salento ya que necesitábamos ver si nos habían respondido un mensaje desde Armenia. Cuando llegué a la plaza de Salento que tiene wifi vi que efectivamente nos iban a recibir en el Pop Up Market, una feria de diseño muy top que se iba a llevar a cabo ese fin de semana en Armenia. Como empezaba al día siguiente nos pidieron que vayamos ese mismo día así ya nos instalábamos con la Kombi. Lo llamé a Nico para que me pasara a buscar y fuimos directo a Armenia.

Valle de Cocora soleado

Armenia de feria y viajeros

Llegamos un jueves a la tarde y después de pasar por el centro para abastecernos con material para hacer artesanías, llegamos al predio en donde estaban armando todo para la 11ª edición de la feria que iba a ser el fin de semana. Nos ubicamos en una esquina al lado de las carpas en donde iban a instalar al otro día puestos de comida, ropa, decoración, bijouterie, entre muchos otros. Como se estaba haciendo de noche y vimos que faltaban muchas cosas por hacer, ofrecimos a los organizadores nuestra ayuda para acomodar mesas y sillas, armar cosas de decoración, mover toldos, etc. Esto nos hizo conocer al grupo que iba a trabajar en la feria los días siguientes y pegamos muy buena onda con ellos. Nos terminamos yendo a dormir agotados pero no había tiempo para el cansancio porque sabíamos que todo recién estaba por empezar.

A la mañana siguiente, después de desayunar y mientras todos los demás expositores armaban sus puestos, empezamos nosotros también a transformar a Dora en una tienda rodante. Colgamos el mapa de América que nos acompaña desde que salimos y que marca el recorrido que hicimos, abrimos el placard de las artesanías, armamos una mesa con todas las cosas que fuimos aprendiendo a hacer y colgamos la bandera de Argentina que nos custodia. El primer día estuvo relativamente tranquilo ya que era viernes, recién a la tardecita empezó a llegar más gente y por suerte las nubes negras que amenazaban se aguantaron el agua. El sábado prometía ser el día más concurrido, pero el cielo no resistió más y largó la lluvia por algunas horas en las que tuvimos que cerrar las puertas. El domingo, último día de la feria, explotó. La gente recorrió el predio todo el día y Dora se robó muchos corazones. Conocimos gente muy copada y hasta nos reencontramos por casualidad con personas que habíamos conocido hacía dos años durante la subida. Terminamos el fin de semana agotados pero muy satisfechos y contentos con la organización de la feria que nos brindaron un espacio ideal para poder trabajar sin problemas y que nos permitió juntar lo necesario para seguir viaje.

En el Pop Up Market

El lunes nos fuimos para el Parque de la Vida en donde encontramos a otros argentinos viajando. Esta vez en lugar de ser una pareja eran 3 amigos e iban en un bus enorme. Su proyecto se llama Hostel Móvil y el fundador y organizador es Franco, que empezó a viajar hace dos años y fue conociendo gente en el camino que se subió a la movida. Compartimos con los chicos algunas comidas y varias charlas y seguimos conociendo a la gente generosa de Armenia que cuando pasaban frente a la Kombi nos compraban alguna pulsera o postal. Estando ahí estacionados también nos cruzamos con dos parejas más de Argentinos viajando que no conocíamos de antes. Parece increíble pero perdimos la cuenta de la cantidad de gente (y sobre todo argentinos) que andan dando vueltas por ahí.

La última noche vinieron los simpáticos amigos de Espacio Público a decirnos que no podíamos dormir ahí. Les preguntamos por qué y no tenían una respuesta, así que uno de los chicos del bus se fue a la alcaldía a averiguar. Desde allí le dijeron que no había problema en que nos quedáramos y pudimos pasar otra noche allí.

Antes de irnos de Armenia pasamos a cargar gas para la garrafa de la cocina y nos pararon varias veces en el camino para darnos plata para la gasolina. Nos fuimos felices con esta ciudad a la que no habíamos conocido bien a la ida pero que esta vez pudimos disfrutar, recorrer y llevarnos un buen recuerdo.

Con los chicos de Hostel Movil

Renunciamos y Viajamos hasta Palmira

De Armenia bajamos hasta el Valle del Cauca donde fuimos a visitar a Lina y Andrés, dos viajeros colombianos  que salieron al mismo tiempo que nosotros con rumbo norte en la Jebi, su camioneta Kangoo. En el camino nunca llegamos a cruzarnos a pesar de haber estado muy cerquita, pero el destino quiso que nos encontráramos acá. Su viaje cambió sus vidas ya que en lugar de volver a sus antiguos trabajos, ahora son bloggers de viajes, escriben contenidos de calidad con la pluma maestra de Andrés  y suben contenidos a su página Renunciamos y Viajamos y sus redes todos los días. Ya instalados en su casa hace algunos meses, pudimos pasar con ellos unas semanas y vivimos la finalización de su libro de viaje que está a punto de ser publicado (¡no se lo pierdan que promete estar muuy bueno!). En su casa descansamos, disfrutamos de la piscina y de ricas comidas, aprovechamos a producir muchas artesanías, conocimos a sus familias, nos divertimos con el Parqués (el juego de mesa típico de Colombia), nos reímos y compartimos nuestra pasión no sólo por los viajes sino por las series. Además tuvimos unas charlas únicas y aprendimos mucho de ellos que resultaron ser de gran ayuda e inspiración para nuestro libro, pero lo más importante, personas maravillosas y humildes.

En su finca, además, conocimos a Juan David, un amigo de ellos que trabaja en turismo en el Eje Cafetero. Nos invitó a pasar unos días en su casa de Pijao y  vivir el mejor tour del café que hay en la región. Sin dudarlo, dimos la vuelta y la brújula volvió a marcar el norte. Pero como esta experiencia se merece una nota aparte, pueden leer cómo nos fue haciendo click acá!

Con Lina, Andrés, Juan David, Manqué y Ferney. Foto: Renunciamos y Viajamos

De vuelta en Armenia

Después de pasar 15 días en lo de Lina y Andrés y otros 15 en lo de Juan David en donde pudimos aprovechar la tranquilidad del lugar para adelantar bastante del libro, volvimos a Armenia y conocimos a más viajeros. Nuevamente estacionamos frente al Parque de la Vida y conocimos a Charly, Vale y sus dos perros Golden Otto y Pacha. Ellos y su Kombi Churrita salieron de Córdoba hace un año y están yendo hacia el norte. Nos divertimos muchos charlando con ellos y enseñándonos unos a otros distintas artesanías que aprendimos en el camino.

Una semana después nos fuimos con ellos a Buga donde nos habían comentado de un parque muy lindo frente al río. Al llegar nos estacionamos al lado de la pista de deporte, un paraíso para Charly que se dedica a hacer BMX (pruebas en rampas con la bici). Pasamos todo el fin de semana largo estacionados ahí charlando con la gente que se acercaba a curiosear, cocinando al aire libre y disfrutando de la naturaleza. Sin dudas es uno de los mejores lugares que encontramos en esta zona para acampar gratis.

Desde allí nos fuimos para Cali en donde pasamos otra semana más, asistimos al Encuentro Anual de Clubes de Volkswagen de Colombia y nos reencontramos con muchos amigos de Ecuador que hacía años no veíamos. Pero eso se los contamos en la próxima nota.

Con los amigos de Kombi Churrita en Buga
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