Colombia: Lo que Silvia nos contó

Este pueblo con nombre de madre está enclavado en un valle y rodeado de montañas de varios tonos de verdes en el departamento del Cauca. Los diarios dicen que es “La Suiza de América” pero nadie en el pueblo nos la describió así. En Silvia hay un lago muy concurrido los fines de semana, un río, senderos para caminar, una planta hidroeléctrica abandonada, varios parques públicos y también hay diversidad en sus seis diferentes etnias. Una pequeña iglesia en blanco y naranja ubicada en la parte más alta llama la atención de todos ya que puede ser vista desde cualquier rincón de Silvia. Cuando el sol le pega resalta como si estuviera pintada en el paisaje. Pero la protagonista del pueblo es, sin dudas, la plaza principal. Desde sus bancos se puede ver de todo; asimétrica y bastante grande para un pueblo bastante chico.

–Poca gente, antes había más, ahora menos porque se fueron yendo a la ciudad –nos cuenta Chavela con sus sesentailargos, toda una vida en el pueblo y una barba de un único pelo tan blanco que hipnotiza casi tanto como su risa.

Al parecer no hay cifras claras. Todo se rige por mucho, poco, lejos, cerca. Imprecisiones para que, como en la lotería, uno elija sus propios números.

“Yo amo Silvia” ¿Y quién no?

Acabamos de llegar, somos los nuevos y tal vez los únicos turistas del lugar hoy, los únicos que usamos campera en vez de poncho. La gente del pueblo se saluda –nos saludan– asintiendo al ritmo de un “vecino”. Saben que no somos de ahí pero nos consideran vecinos. Todos se conocen.

–Pregunten dónde queda la casa de Theo y van a llegar –nos dijeron, y sí llegamos.

En el pueblo todos y todas usan poncho; tal vez sea por el frío que va y viene y cuando viene, viene en serio. El algunas zonas de Colombia como de otros países cercanos a la línea del Ecuador, el invierno y el verano son relativos: hoy si, mañana no, pasado también. No son estaciones fijas, cambian constantemente y si “baja el páramo”[1] el día se convierte en invierno. Hoy hace calor pero la “moda” es tan encantadora que dan ganas de comprarse un poncho y sentirse abrazado por esa lana.

Los Guambianos son los únicos que no caen en la moda, ellos tienen una propia. Esta comunidad indígena es una de las etnias más organizadas del país, tienen su propia lengua –el wampi-misamerawan o más fácil, wam– y se reparten en distintos caseríos en los alrededores de Silvia, entre montañas y cultivos. Los Guambianos bajan a Silvia los fines de semana para pasear o vender sus artesanías y los martes de mercado para ofrecer los productos de sus cultivos, entre otras tantas chucherías que venden o intercambian. Su traje típico es llamativo por sus colores: las mujeres llevan pollera negra con líneas de colores y una especie de capa de paño con doble tela, una color azul casi violeta y la otra fuccia; los hombres también eligen las polleras hasta la pantorrilla pero en azul violacia, ponchos negros o marrones y una bufanda a rayas. Esta combinación y armonía perfecta hace que a veces cueste diferenciar sexos. En los pies usan distintos tipos de zapatos, botas y hasta zapatillas, pero sin dudas los más originales son los borcegos que se destacan por los cordones en colores  verde, amarillo, naranja o fuccia flúo. El sombrero nunca falta y sus diferentes formas indican a qué grupo pertenecen y, en el caso de las mujeres, antiguamente también su estado civil. El pelo puede ir recogido debajo del sombrero o suelto y enmarañado. En general nunca están solos, siempre se los ve en pareja o de a grupos. Las mujeres sentadas, paradas, agachadas, caminando pero siempre tejiendo o enrollando lanas; muchas otras veces mandando algún mensaje desde el celular. Quiero sacarles fotos pero tengo miedo de que se enojen u ofendan, escuché que no les gusta mucho. Por las dudas lo hago de lejos.

Mujeres Guambianas pasando el día en el parque
Los Guambianos trabajando en el mercado

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El aire a pandebono[2] nos obliga a buscar su origen. Caeríamos en su trampa si no fuera porque nos acabamos de comer más de media docena de almojábanas[3] que compramos en la segunda panadería de Quilichao. Unos días después con el estómago libre de almojábanas, salimos dispuestos a probar ese pan que de solo olerlo se puede saborear. La plaza está rodeada de panaderías haciendo nuestra búsqueda muy difícil. Vemos salir gente con bolsitas blancas y una sonrisa enorme de una que se llama Panadería Central. Tiene que ser ahí. Compramos, probamos y no, no era lo que esperábamos. No tenían hornos prendidos a la vista y el pan estaba frío. La próxima vez mejor ver primero cuál sí tiene el horno que despide ese aroma irresistible.

–Ese hotel es para millonarios –dice Chavela señalando un bloque blanco y azul, un típico hotel de sindicato que lejos está de parecer un hotel para los más adinerados. –Es para millonarios porque tiene estacionamiento, baño privado y agua tibia.

–¿Acá la mayoría de las casas tienen agua fría? –le preguntamos.

–No, muchos tienen agua tibia. Pero a mi me gusta bañarme con agua fría, aunque afuera haiga frío.

Los perros de la plaza nos siguen las cuadras que decidimos caminar esperanzados en que les vamos a dar algo de comer. La gran mayoría de las tiendas de la calle principal venden comida, ropa o son peluquerías. Frenamos a ver y ellos frenan. Seguimos, doblamos y ahí siguen insistentes. De vuelta en la plaza se sientan bien pegados a nuestro banco y se reúnen con otros tantos perros más. Parece que juegan, charlan, se divierten, persiguen palomas y les ladran a los Guambianos, hasta que todo se va de las manos, empiezan a pelear y se escuchan llantos y ladridos desgarradores. Pegamos un grito para separarlos: no hay problema de lenguaje, responden al grito de “basta” y cada uno por su lado. La provocadora fue, como siempre, la hembra. Hoy están, mañana no se sabe. En los últimos tres años un anónimo que se atribuyó los poderes de Dios decidió envenenar a más de 200 perros callejeros. Cuando fue el turno de Firulais, el perro más famoso y querido del pueblo, llegaron los canales más importantes de la región a cubrir la triste noticia. En Silvia no hay ninguna política que controle la natalidad canina. Los vecinos dicen que por momentos hay grupos de hasta 15 perros que atracan a los turistas robándole sus bolsas de pan, pero coinciden en que la solución no es el envenenamiento. Un grupo que se hace llamar Colectivo Animalista está recolectando dinero para llevar a cabo una campaña de esterilización el próximo mes y, si logran acordar con la Alcaldía, crear también un refugio para los amigos de cuatro patas.

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Entre noticias de huracanes apocalípticos alrededor del mundo y una lluvia modesta pero constante sobre nosotros, volvemos a la plaza, esta vez con un mate reparador. Como es sábado pensamos que iba a haber más gente, quizás la lluvia los espantó. Los cuatro puestitos de artesanías Misak ofrecen lo mismo: pulseras, collares y aretes hechos con mostacillas, bolsos tejidos y el traje típico de su comunidad para que usted se disfrace, se sienta un Guambiano por un rato y se saque la tradicional foto con el cartel de “Yo amo Silvia”, el punto más fotografiado de la plaza. La gente lo hace.

Sacamos el mate pero nos entra una duda: ¿nos mirarán raro si ven que sacamos la yerba desde una bolsita cuya porción está exacta y necesariamente calculada para un mate? Por las dudas armémoslo adentro de la mochila. Mmm ¿más sospechoso no? Un músico que está con su grupo se acerca y nos pregunta qué es lo que estamos tomando, le contamos y le damos de probar esperando el repetido rechazo.

–Me encanta. ¡Es muy rico! –dice, entusiasmado, para nuestra sorpresa.

En libros y mates es como pasamos varias de las tardes en el parque de Silvia (siempre acompañados de algún perro, claro)

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Es domingo y todos los bancos de la plaza están ocupados. Pero esta tiene lugar para todos: en sus canteros, imaginamos, entra sentado todo el pueblo. Hoy hay más movimiento. Los mismos cuatro puestos de artesanías se mantienen firmes y a ellos se le suman en otro ring algunos de dulces. Una camioneta que vende quesos y bizcochos repite hasta el cansancio –el de los que la escuchamos incesante– todos los productos que ofrece y se va moviendo de esquina en esquina, corriéndose por si uno no lo escuchó bien con su oído derecho para que al izquierdo le quede claro.

Es domingo y el guaro[4] corre tanto como los niños dejando narices violaceas. Bicicletas, pelotas, patines. Uno de no más de dos años y menos de un metro intenta patear y se enreda con sus propios pies que todavía no sabe manejar bien; otro más grandecito le pide a Nico hacer unos pases, como si su condición de argentino le asegurara de que la tiene atada. El pibito corre de acá para allá buscando la pelota pero Nico se cansa primero:

–Ahorita seguimos.

Muchos eligen los triciclos y bicicletas que se alquilan en el parque, los más chicos saltan en la cama elástica o en el castillo inflable. Un grupo de tres de siete años transforman palitos en varitas mágicas que estas, a su vez, los transforman a ellos en los monstruos más horrorosos que su imaginación puede inventar. Uno rompe las reglas y le pega a otro con su varita: inmediatamente queda expulsado del juego.

Por las calles de Silvia

Es domingo y se siente. El sol se está por ir pero todos quieren aprovechar cada minuto del último o primer día de la semana. Las campanas de la iglesia suenan de golpe sobresaltándonos. Nunca escuchamos unas campanas con tan poco ritmo: parecen dos tubos golpeándose entre sí. Los vidrios de colores de los campanarios están rotos y ahora entendemos por qué.

–¿De qué religión son? ¿Por qué no fueron a misa? –pregunta Chavela, que acababa de salir de la ceremonia y necesitaba hacer tiempo para asistir a “una reunión de católicos”. Es domingo y Chavela hoy no trabaja en la tienda de ropa porque como dice el Papa (que hoy está en boca de todos por su visita al país) “los domingos son para descansar”.

Dora frente a la iglesia de Silvia

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Llegó el martes, martes de mercado, martes de multitud. Las calles se llenan de chivas[5] y jeeps que llevan y traen gente de los pueblos cercanos. La plaza repleta pero, como supusimos antes, todavía guarda lugar para todos sentados. A pesar de la cantidad de gente la plaza es silencio y contemplación. No hay gritos ni música fuerte, reino del murmullo, nadie molesta al otro. Los únicos que levantan un poco la voz pero ni tanto son los vendedores que ofrecen maní, cocadas, helados y demás cosas de colores para comer. Ni ruido ni basura. Por todo el pueblo se repiten los carteles de cuidar el ambiente, en algunas zonas, como en el centro, parece que se respetan a pesar de que no encontramos muchos tachos de basura.

Una de las chivas que lleva gente al mercado

Un grupo de hombres se amontonan en el baúl abierto de un auto. Un cartel reza “Todo a 1.000” desencadenando la disputa por quién se llevará el mejor accesorio para su celular. Las panaderías y restaurantes, que no son muchos, sacan a la vereda toda su artillería bañada en aceite para tentar a los transeúntes: empanadas de harina de maíz, salchipapas, bolas de papa. Fritanga.

–Los martes hay que tener cuidado de los robos porque hay mucha gente –nos cuenta Chavela mientras se esconde al pasar caminando por la puerta del negocio donde hoy decidió no ir a trabajar.

Entramos al mercado decididos a comprar verduras pero nos encontramos con mucho más: ropa, zapatillas, herramientas –a las que Nico no se pudo resistir–, películas, frazadas, electrodomésticos, antigüedades, artesanías. Bajando las escaleras del gran galpón que acoge los cientos de puestitos, encontramos lo que fuimos a buscar. Las mesas, una pegada a la otra, forman finos pasillos por los que uno debe ir sorteando variados obstáculos: bolsas de verduras, bolsas de basura, bolsas con restos de verdura que ahora son basura, perros, niños, cajas, cajones. La amabilidad que caracteriza a los colombianos se siente a cada paso: “bien pueda, que le ofrecemos, siempre a la orden, con mucho gusto”. Las más curiosas –en femenino porque el 80% de los puestos están atendidos por mujeres– nos preguntan de dónde somos y les llama la atención la altura de Nico. El mercado es monumental, debe llevarles horas armar todo, pensamos. Muchas llegan el día anterior y comparten una pieza de alquiler donde se quedan a dormir, otras tantas llegan junto a sus maridos a las 4 de la mañana cargadas de bolsas. Mientras ellas arrancan con el armado, ellos las esperan en la plaza, botella en mano para pasar el día más rápido. Cuando termina la jornada laboral es hora de juntar todo y volver a la casa. Claro que algunos no llegan a la cena porque de tanto aguardiente casero no les queda otra que tirarse a dormir en el pasto hasta el día siguiente. Por fin me animo y saco la cámara, camino, empiezo a tomar fotos, me siento, sigo sacando y me doy cuenta de que a nadie parece molestarle.

Mercado en movimiento

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Hace cuatro años Theo y Yohana dejaron el calor de una vida entera en Cali para empezar una historia nueva en Silvia. Su vida no gira en torno al trabajo y al dinero, ellos disfrutan cada día dándoles clases a sus hijos en su casa, recibiendo viajeros de todo el mundo, saliendo a caminar y los fines de semana se suben a las bicicletas y las van bajando una por una hasta la plaza para alquilarlas. Les toma unas cuantas idas y vueltas y a veces recurren a la ayuda amigos para hacer el trabajo más rápido. Ellos sueñan con salir a viajar, están preparando su casa rodante y es por eso que son tan abiertos a recibir desconocidos en su casa. En respuesta a un mensaje de Whatsapp que les escribimos para conocerlos, nos dijeron que vayamos a su casa a pesar de que ellos no iban a estar. Hicimos de dueños de casa por una semana en compañía de sus perros mientras esperábamos, los cuatro, su regreso. Conocerlos cambió por completo nuestra estadía en Silvia, tuvimos un hogar y una familia con quien compartir comidas, charlas, chocolates caliente, risas y bicicleteadas. Conocimos su forma de vida, su trabajo y a sus amigos, aprendimos a preparar sancocho y enseñamos a hacer pizza y de a poco nos fuimos despidiendo de la gastronomía colombiana que tantas alegrías nos dio.

El lago y la capilla del cerro frente a lo de Theo y Yoha

Silvia fue uno de los tantos lugares del Cauca que fue invadido y controlado por la guerrilla hace no tanto tiempo. Cuando ellos llegaron de Cali los miraban raro: ¿por qué estos locos se vienen a vivir acá cuando todos allí aspiraban a escapar a la ciudad? Son tantos los proyectos que tienen para este lugar que están seguros que van a poder generar un cambio positivo. El turismo todavía no está explotado y se necesita de infraestructura que reciba a esos turistas y alguien que la desarrolle. Los residentes de Silvia, acostumbrados a vivir de la agricultura y la ganadería, no son emprendedores. Allí es cuando aparecen en escena Theo, Yohana y sus hijos María José y Matías (que con sus escasos años ya la tienen clarísima). Esta familia tiene muchas ideas y una gran actitud, forman parte del grupo de los que quieren transformar Silvia en un punto atractivo para que este pueblo salga adelante y deje de ser un lugar perdido en el mapa. Hoy nos toca despedirnos de ellos, la parte más difícil del viaje. Tal vez, en unos años, nos volvamos a encontrar en una Silvia distinta pero con la misma esencia.

Con Theo, Yoha, Maria José, Mati, Claudia y César almorzando comida tradicional y casera
El lago y la iglesia del cerro desde la casa de Theo y Yoha

[1] Le llaman así cuando baja al pueblo el clima típico del páramo: brisa fresca con algunas finas gotas de lluvia.

[2] Un pan de queso preparado con harina de maíz y almidón de yuca característico en la región del Valle del Cauca pero que se encuentra en todo el país.

[3] Un pan muy similar al pandebono (a veces cuesta encontrar la diferencia) hecho de harina de maíz y queso campesino.

[4] Como le llaman, cariñosamente, al aguardiente.

[5] Son autobuses abiertos adaptados para el transporte público rural, muy coloridos y decorados. En algunas ciudades las usan para hacer recorridos turísticos.

 

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8 thoughts on “Colombia: Lo que Silvia nos contó

  1. Muchas gracias por el relato, muy buena forma de narrar, de capturar la esencia del lugar y de la gente que para mi es lo más importante, no solo ver un paisaje sino la forma de vivir, de sentir y de pensar de la gente del lugar.-

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