Ecuador: desde los Volcanes a la Amazonía

La imponencia del Cotopaxi

Como en el camino de ida hacia Alaska recorrimos casi todo el Ecuador, esta vez decidimos volver sólo a los lugares que más nos gustaron, por eso el Volcán Cotopaxi no podía faltar en la lista. Este país está lleno de volcanes y de hecho tiene una ruta a la que llamaron la Avenida de los Volcanes porque todos están cerca. Desde un mismo punto se pueden ver al menos cuatro distintos. Lo mejor es que la mayoría se pueden visitar, subir por sus laderas y acampar en sus bases totalmente gratis. El Cotopaxi es el que más cercano a la capital está y su cercanía también lo convierte en uno de los más peligrosos del mundo: es un volcán activo que tiene en su cima gran cantidad de glaciares y su erupción puede causar deslizamientos de agua y barro que destruiría los pueblos aledaños.

Cuando nosotros lo visitamos la primera vez estaba tranquilo y pudimos subir caminando desde el estacionamiento hasta el refugio que todavía estaban remodelando. Para llegar al estacionamiento tuvimos que hacer dedo a las camionetas 4×4 que pasaban llevando turistas porque, por más que lo intentamos, Dora no pudo con la altura y las malas condiciones del camino y se quedó a un kilómetro de llegar.

Esta vez volvimos a intentar llegar hasta el estacionamiento con la Kombi pero nuevamente dijo basta y la tuvimos que dejar esperando en la base. Si para nosotros no es fácil caminar a 4.500 metros de altura sobre el nivel del mar, para ella tampoco. Nuevamente nos tocó hacer dedo hasta el parqueadero pero esta vez la caminata la hicimos con sol y mucho más abrigo y no sufrimos el frío de la vuelta anterior. El camino que separa el estacionamiento del refugio es de sólo un kilómetro, pero por lo empinado y por la altura uno se demora una hora en subir. Afortunadamente, este camino había sido reemplazado por uno en zig-zag que era mucho más sencillo para subir. Como la caminata no fue tan dura, decidimos seguir desde el refugio hasta el glaciar. Para nuestra sorpresa el calentamiento global esta dejando su huella allí porque el hielo había retrocedido muchísimo en tres años. Al volver, paramos a tomarnos un té calentito en el refugio y continuamos la bajada que la hicimos casi trotando y acortando camino en medio de la montaña bajo una leve nevada que se fue convirtiendo en granizo a medida que bajábamos. Unos kilómetros antes de llegar a la Kombi, totalmente empapados y agotados, decidimos hacer dedo a una camioneta que frenó enseguida. Su conductor era un empleado del parque cuya tarea era subir varias veces a la semana hasta el refugio cargando dos mochilas llenas de provisiones y una garrafa de 10 kilogramos. Nos mostró la foto y no lo podíamos creer. La primera vez, cuando nos reencontramos con Dora el paisaje nos regaló una imagen irreal: un gran arcoíris perfectamente nítido. No nos resistimos a sacar una foto que después recorrió el continente en forma de postal. Esta vez, en cambio, no había arcoíris pero sí un zorro color marrón clarito y blanco que nos esperaba en busca de comida.

Para recuperar la energía que la caminata de toda la mañana nos había sacado, Nico preparó unos ricos frijoles con arroz y patacones (plátano verde frito). Con las piernas cansadas pero contentos del recorrido, volvimos a la ruta.

En el glaciar bajo del Volcán Cotopaxi

Rápida visita a Ambato

Ese mismo día llegamos a Ambato (que placer que son las distancias cortas de este país). Allá nos reencontramos con Enrique, otro amigo que habíamos hecho a la ida. No sé cómo funciona la memoria de Nico que para los nombres es un desastre pero para los lugares es tan preciso. Sin preguntar direcciones nos llevó exactamente a la puerta de la casa de Enrique. Con él y su amigo Carlos fuimos esa noche a comer tacos con cerveza y a charlar de todo lo que pasó en estos tres años. Al otro día nos bañamos, lavamos ropa y nos encontramos con Enrique para almorzar acompañados de su hijo menor Agustín, al que habíamos conocido de bebé con unos pocos meses y ahora era todo un señorito simpático que no paraba de hablar. Le habíamos dicho que queríamos volver a comer llapingacho, el plato típico ambateño que él mismo nos había hecho probar la vez anterior y volvimos al mismo mercado en donde lo habíamos comido. El llapingacho consiste en una especie de tortillita de puré de papas, huevo frito encima, chorizo, palta y ensaladita. Acompañado con un jugo de naranjilla queda perfecto. Después del almuerzo y de despedirnos de él y de su mujer Suca, salimos para Baños a otro esperado reencuentro.

Con Enrique, Suca y Agustín en su casa de Ambato

Reencuentro en Baños

Nos conocimos en Ecuador hace tres años y nos volvimos a encontrar nuevamente en otros cuatro países. Festejamos cumpleaños, Navidades y Años Nuevos pero hacía dos años que habíamos tomado diferentes caminos. Mientras nosotros recorrimos Estados Unidos y Canadá, él dio varias vueltas por México y bajó de nuevo por tierra hasta acá con su perrhija Trompa. El Pelado es de esos amigos de verdad que el viaje nos regaló y cada encuentro con él equivale a horas de risas. Esta vez el camino nos juntó en Baños de Agua Santa, un pueblo muy turístico en la entrada de la amazonía ecuatoriana.

Tras horas de charla para ponernos al día, pasamos la noche estacionados frente a un pequeño parque que al otro día apareció repleto. Las familias llegaban con sus ollas, platos y bebidas a pasar el día. Es que el 1 de Noviembre es uno de los feriados más importantes en el país porque se festeja el Día de Todos los Santos. Las familias acostumbran al visitar a sus familiares fallecidos y llevarles su comida preferida al cementerio, que también estaba lleno de gente yendo y viniendo. Una de las familias que estaba desayunando-almorzando en el parquecito nos ofreció probar la comida típica de esta época: la colada morada, una bebida espesa que se toma caliente y está hecha con harina de maíz frutas, especias y hierbas y las guaguas de pan, un pan en forma de niño envuelto que puede estar relleno.

Sabíamos que iba a ser una locura pero no teníamos más que hacer, asi que decidimos ir a darnos un baño en unas de las termas del lugar. Como imaginamos, estaban plagadas por el fin de semana largo pero nos metimos igual tratando de usar las piscinas más vacías. De ahí fuimos al mercado a comer un salchipapa y un cevichocho (dos de nuestros platos de cabecera en Ecuador que cuestan sólo 1 dólar cada uno). Como la ciudad ya estába demasiado llena, decidimos escapar y nos fuimos a un mirador en las afueras frente a una cascada donde pasamos la noche.

Familia vochera en Mera

Al día siguiente salimos temprano para evitar el tráfico y una hora después llegamos a Puyo, ciudad de selva y lugar de encuentro de la 7ma Convención Anual de Volkswagen de Ecuador. Al mediodia empezaron a llegar los escarabajos y Kombis que venían de distintas partes del país. Nos reencontramos con amigos que habíamos conocido a la ida cuando también participamos de esta misma Convención 3 años antes en Guayaquil. Como casi todas las tardes en la selva, la lluvia se hizo presente y nos fuimos en caravana hasta el Dique de Mera, un pueblo a unos pocos kilómetros de ahí en donde se iba a llevar a cabo el evento. Mientras todos se juntaban con sus respectivos clubes, nosotros formamos el propio: el club de los viajeros, del que participamos nosotros, el Pelado y Gonza y Jorgelina de Llevados por el Viento, otra pareja de argentinos que viajan con su perra en un vochito rojo.

Esa noche, después de compartir unos fideos y un infaltable vaso de Fernet, participamos de la fiesta de bienvenida en la que Nico tiró sus pasos mágicos. Al otro día, mientras todos participaban de los juegos por equipos, el club de los viajeros aprovechó a vender sus postales, stickers y artesanías al publico vochero y a los que iban a pasar el día en el dique. Por la tarde recibimos una muy linda sorpresa: nos volvimos a reencontrar con Mary, Ernesto, Betty y sus hijos quienes decidieron ir a pasar el fin de semana allí.

El sábado cerró con entrega de premios y fuegos artificiales y el domingo todos se fueron bien temprano para volver a sus respectivas ciudades. Los únicos que quedamos eramos nosotros tres, el club de los viajeros, asi que decidimos acomodarnos debajo de unos árboles y usar una choza que nos reparaba de la lluvia que cada día aparecía para molestar un poco. Llegó el lunes y todo estaba desierto.  No sabíamos si quedarnos o irnos y finalmente decidimos pasar otro día ahí y preparar algo rico de comer. Cuando Gonza quiso salir para ir a comprar las cosas nos dimos cuenta de que la elección fue buena ya que en realidad no teníamos otra alternativa: habían cerrado el portón con candado y no había forma de salir. Ya que el lugar era todo para nosotros, estábamos en buena compañía, teníamos baño, techo, agua, muchas ganas de seguir comiendo rico y miles de anécdotas para escuchar y compartir, decidimos quedarnos hasta el miércoles.

Ese día tuvimos que volver a despedirnos: el Pelado se fue para Cuenca, Jor y Gonza para Baños y nosotros para Puyo a hacer algo que hasta ahora nunca habíamos hecho en todo el viaje, pero mejor se los contamos en la próxima nota.

Con Jor, Gonza y el Pela instalados en el Dique de Mera

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s