Ecuador: viajeros voluntarios en la selva

Era algo que hacía rato teníamos ganas de hacer pero que nunca nos terminábamos de decidir. Cuando entramos a Ecuador nos pusimos a investigar un poco más y encontramos una gran cantidad de lugares abiertos a todo aquel que quiera ir a trabajar a cambio de nuevas experiencias. Lo que nosotros buscábamos originalmente era aprender de permacultura y de bioconstrucción, pero muchos de los lugares que enseñaban eso te cobraban por ir a participar, así que los descartamos. Fue en Puyo, una ciudad de la Amazonía ecuatoriana, donde encontramos dos lugares muy diferentes entre sí donde nos recibieron para aprender sobre la vida local, su fauna, flora y su dura forma de trabajo.

Reserva Paseo de Los Monos

A través de una aplicación muy usada por viajeros que sirve para encontrar lugares gratuitos donde estacionar y dormir (IOverlander), encontramos esta reserva que se dedica a la protección de animales salvajes que una vez fueron mascotas en casas particulares. Al llegar al lugar un miércoles por la tarde el primero que nos recibió fue un mono con cara de malo y colmillos amenazadores que desde atrás de un alambrado nos estiró su brazo para darnos la mano tiernamente. Nos dio un poco de desconfianza ya que sabemos que los monos son muy inteligentes y seguramente algo estaba tramando, pero no nos resistimos y se la dimos. Al final no parecía tan malo.

En el refugio conocimos a su dueño Iván, un suizo que en 2005 decidió construir este lugar para proteger a los animales que estaban en cautiverio y que hacían de mascotas en casas particulares de la zona. El objetivo original era cuidarlos hasta devolverlos a su hábitat natural, pero con la deforestación que se está dando en esa zona del Amazonas nos contó que no lo pueden hacer porque rápidamente volverían a caer en cautiverio. Él y su mujer Liseth nos explicaron un poco sobre la reserva y nos ofrecimos como voluntarios para lo que hubiera que hacer en el lugar. Nos dijeron que diéramos una vuelta, que conociéramos a los animales y que no les diéramos la mano a los monos porque suelen tirarte para adentro o arrancarte lo que tengas en la muñeca. No estábamos tan errados.

El señor mono que nos dio la bienvenida

Durante el recorrido lo primero que vimos fue una tortuga dada vuelta y no sabíamos si teníamos que ayudarla o si se volvería a girar sola. Por las dudas avisamos y nos dijeron que menos mal que la vimos, que en ese caso hay que ayudarla a volver a su posición porque sino se podía morir. Nos sentimos muy bien de haber hecho algo útil a penas llegamos. La mayoría de los animales que hay en la reserva son monos de distintas razas pero también hay tigrillos, guatusas, pecaris, coatíes, tortugas y loros parlanchines, entre otras especies.

Al otro día fuimos temprano para preparar la comida de los animales, limpiarla con yodo para sacarle las bacterias que los humanos le pudieron haber contagiado y salir a repartirla: 20 bananas para estos, 15 para estos otros, un balde de papas y zanahorias para los pecaris y así hicimos todo el recorrido ofreciendo el desayuno.

El siguiente trabajo que nos tocó hacer no fue tan divertido: limpiar el canil de dos perros viejos que habían destrozado el colchón que les habían puesto para descansar. Después de unas cuantas horas llenamos 5 bolsas de goma espuma y basura y el lugar quedó impecable.

Un poco cansados y con un olor hediondo que se nos impregnó en todos lados, pasamos a la siguiente tarea que fue mucho más agradable: armar y colgar cuadritos que sirven para identificar a los peces del acuario.

Después de un rico almuerzo que preparó Liseth, Nico se fue a darle de comer a los animales nuevamente y yo me quedé ordenando a los peces que estaban todos mezclados.

Antes de que oscureciera, aprovechamos el río que pasa por la reserva y que en ese momento estaba desierto para refrescarnos y sacarnos toda la mugre que teníamos encima.

Fue un día cansador pero productivo en donde nos sentimos bastante útiles porque pudimos darle una mano a Iván, que justamente tenía sus dos manos heridas. El día anterior un árbol había roto un cerco y un mono que intentó escapar lo atacó mordiéndole las manos, por lo que no podía hacer demasiado.

El viernes a la mañana nos despedimos y seguimos camino para el siguiente voluntariado que quedaba a sólo unos kilómetros de ahí.

Alimentando a los monitos

Finca La Argentina

Llegamos a la finca de casualidad cuando unas chicas en Mindo nos la nombraron, la buscamos por internet y mandamos la solicitud respondiendo un par de preguntas. En seguida nos contestaron que éramos bienvenidos y que nos esperaban el fin de semana. Sabíamos que no íbamos a aprender de bioconstrucción pero sí sobre el trabajo en el campo y de cultivos.

Cuando llegamos a la finca nos pasó algo muy loco: nos dimos cuenta de que ya habíamos estado allí. Resulta que en nuestra anterior visita al Ecuador habíamos hecho Couchsurfing en esta zona y un chico llamado Pato nos había invitado a quedarnos en su casa. Cuando lo conocimos salimos a tomar unas cervezas y llegamos de noche al lugar, sin poder ver demasiado. Al día siguiente nos fuimos temprano a recorrer unas cascadas y terminamos yendo para otro pueblo, por lo que nunca volvimos. Esta vez, al llegar y ver el cartel de “Finca La Argentina” en seguida nos dimos cuenta de que era el mismo lugar, sólo que en ese entonces todavía no habían empezado con el voluntariado.

Lupe es la mamá de Pato y fue quien nos dio la bienvenida. Con su voz suave nos contó un poco su historia: el dueño de la finca es su padre que hoy tiene 99 años y que vive allí con ellos. Él llegó a este lugar para trabajar soñando con algún día poder tener su propia tierra. En 1952, el dueño de la finca que era un alemán que había llegado al Ecuador escapando de la Segunda Guerra Mundial, le vendió 25 hectáreas de selva y bosque. Hoy, Lupe y sus hijos son los que la administran y lograron convertir un viejo potrero y cultivo de caña de azúcar en un bosque comestible. Fueron sus cuatro hijos los que la convencieron de darle una oportunidad a la finca donde ella había nacido y en lugar de venderla empezaron con los voluntariados.

Un amigo papagayo que se aparecía todas las tarde

Gracias a la ayuda de gente de todo el mundo, la finca poco a poco va dando sus frutos con los que buscan, en un futuro, fabricar productos ­como mermeladas, conservas, te y jabones para venderlos en Quito. A cambio de su trabajo, los voluntarios reciben alojamiento pero, más importante, aprenden sobre el trabajo del campo y logran conectar con la tierra de una forma distinta, cultivándola y conociéndola en la experiencia día a día.

El primer día de trabajo conocimos a Omar, el hijo mayor de Lupe y el encargado de guiar a los voluntarios. Con la simpatía que lo caracteriza, nos enseñó a afilar los machetes y nos dio las tareas del día. Junto con Coni, una voluntaria chilena super buena onda, empezamos a limpiar el lugar de maleza donde había plantas creciendo y Nico se fue con Omar a sacar la maleza más grande a machetazos. Después nosotras pasamos al aporcado que Lupe nos enseñó a hacer: consiste en cavar unas canaletas alrededor de las plantas para que corra el agua, hacer unas montañas con la tierra que sacamos  y cubrirlas con pastos cortados que se van pudriendo y sirven como abono natural.

A pesar de que el primer día trabajamos menos y fue más tranquilo, resultó ser el más cansador porque nuestros cuerpos no estaban acostumbrados. Nico terminó con sus manos todas ampolladas y yo con el cuerpo dolorido. Esa noche estábamos tan cansados que dudamos si podríamos hacer el trabajo por dos semanas, como nos habíamos comprometido. El martes fue mucho mejor, trabajamos cuatro horas sin cansarnos tanto y resultó muy satisfactorio. Hasta el miércoles Nico siguió con los machetazos, que mucho no le divertían, y nosotras con el aporcado, en el que nos volvimos expertas.

Un día por la tarde, Omar nos hizo un recorrido por la finca en donde nos mostró lo que ya estaba plantado, una gran cantidad de árboles y plantas de guayaba, papaya, canela, cacao, aguacate, hoja de ajo, plátano, banana, ají, naranjilla, limón, achiote, yuca, papa china, piña, cilantro, guama, chirimoya, café, zapote, caimito, menta. Además conocimos otras tantas plantas propias de la Amazonía que desconocíamos y que sirven no sólo como alimento sino que algunas tienen propiedades medicinales y otras sirven para la construcción como la paja toquilla, el churiyuyo (hoja del viento), las chontas, la guayusa, el bijao, la sidra y el arazá (una delicia!).

Omar nos hizo un recorrido por la finca para mostrarnos todos sus cultivos

Después de 3 días de trabajo de campo, el jueves tocó construcción. Propusimos reconstruir el camino que llevaba hacia el baño seco que estaba lleno de barro y era casi intransitable de la cantidad de pastos que había alrededor. El trabajo no fue lo que esperábamos, durante las 4 horas nos la pasamos llevando rocas de un lugar a otro en una especie de carretilla sin ruedas de pura tracción a sangre. Por suerte con Coni nos distrajimos dándole a la charla, pero nuestras manos y espaldas quedaron a la miseria. El viernes pensamos que tocaba empezar el camino, pero no, otra mañana agotadora de trasladar piedras. Ese día terminamos una hora antes y aprovechamos la tarde para descansar con masajes incluidos de la mano de Coni que es masajista profesional y me sacó todos los nudos de la espalda. El día se pasó entre charlas con los nuevos voluntarios –Gavin y Diletta, una pareja de Irlanda e Italia que  están viajando por Sudamérica y que llegaron el miércoles a la noche–, películas y pochoclos.

Llevando piedras con Coni para construir el camino

Antes de llegar pensamos que todo iba a ser plantas y frutos pero fue mucho más que eso. Además del duro trabajo de campo, en la finca aprendimos de supervivencia. Lo más difícil no fue el trabajo en sí, sino tener que adaptarse a vivir en condiciones que no son las ideales: dormir con ruido de gallos, gallinas y perros ladrando, aguantar el calor, la humedad y la lluvia, bañarnos en una ducha abierta no apta para pudorosos y soportar a los malditos jejenes. También tuvimos que luchar contra los animales que siempre estaban en el medio molestando. Durante el trabajo las gallinas y sus pollitos buscaban gusanos en la tierra desarmando todo lo que acabábamos de hacer; durante el almuerzo se aparecían en la cocina pidiendo más comida. Una pava que, según la historia escapó de una reserva cercana, caminaba sobre las ollas tirando todo y dejando sus necesidades sobre nuestros platos. A la noche cuando nos íbamos a dormir, animales misteriosos entraban a la cocina a robar toda nuestra comida. Después de toda una semana de frustración ya que nadie parecía ayudarnos a solucionarlo, nos dimos cuenta de que si nosotros no hacíamos algo nadie lo iba a hacer. Así que nos pusimos las pilas y en equipo reparamos el cerco de la cocina para evitar que entraran las gallinas, atamos contra la pared los cajones de comida que siempre aparecían en el piso, limpiamos los tachos de basura, construimos una plataforma de madera que atamos a un árbol para alimentar a la pava allí y que saliera de la cocina, ordenamos las cosas que otros voluntarios habían dejado meses atrás y nos sentimos un poco más cómodos y contentos. Fue gratificante ver cómo las gallinas se desesperaban por volver a entrar sin éxito y que los perros no pudieran volver a abrir las cajas de comida.

La cocina y el comedor de la finca

El sábado aprovechamos a descansar bien, aunque seguimos madrugando, y el domingo fuimos al mercado de agricultores a comprar la comida del grupo para toda la semana: mucha verdura, fruta, arroz y pasta. La segunda semana fue mucho más tranquila porque ya estábamos mejor adaptados. Las mañanas de trabajo y las tardes de torta fritas, chocobananos, juegos de cartas y películas. El lunes llovió las dos primeras horas de trabajo y las dedicamos a limpiar y ordenar las cabañas, la cocina y comedor. El martes y miércoles fueron duros y con sol, lo que hacía el trabajo más agotador, y el jueves llovió todo el día así que mucho no pudimos hacer. Los hombres siguieron con los machetazos y las mujeres con el aporcado (pasamos de hacer 6 en un día por pareja a 9). Nico fue el encargado de arreglar todo lo que estaba roto y de cocinar toda la semana, deleitándonos con ricos platos cada día. El viernes fue el último día y el más productivo. Trabajamos todos en equipo haciendo el camino, limpiando la maleza y acomodando las piedras que con tanto esfuerzo habíamos llevado hasta ahí. Ver el camino casi listo fue muy satisfactorio y sentimos que algo pudimos aportar.

El sábado siguiente nos despedimos de Lupe, Omar y el resto de la familia y nos dieron de regalo una vasija típica de la zona de Sucúa pintada con el pelo de las indígenas que las fabrican.

Fueron dos semanas más que agotadoras en donde pudimos conocer más cómo es la vida de una familia rural en la Amazonía ecuatoriana pero sobretodo pudimos descubrir que somos más fuertes de lo que creemos y capaces de hacer cualquier cosa si nos lo proponemos y le ponemos voluntad. Con los demás voluntarios bromeábamos de que en realidad el voluntariado era un reality show que servía para que cada uno descubriera algo de sí mismo y creo que fue realmente así. Para todos, los primeros días fueron muy difíciles y al final nos fuimos contentos por la experiencia y lo incorporado.

El grupo de voluntarios finalizando un duro día de trabajo

Más info:

Paseo de los Monos: Si bien es mejor contactarse antes (sobre todo si vas a quedarte varios días), no es indispensable. En su página dicen que el tiempo mínimo es de una semana pero nosotros llegamos sin avisar y trabajamos por un día y medio. Ofrecen hospedaje y comida pero para eso hay que pagar 130 dólares a la semana. Si te hospedás y comés por tu cuenta, no hay que pagar nada. Nosotros nos quedamos en la Kombi en un estacionamiento que hay en frente (por 1 dólar la noche) y  nos invitaron el desayuno y el almuerzo.

http://www.losmonos.org/

Finca La Argentina: Hay que contactarse con ellos previamente, responder un par de preguntas y esperar la respuesta de Lupe para ver si sos aceptado. Ofrecen alojamiento y cocina comunitaria pero no comida (sólo algunas frutas del lugar). Se recomienda algo comida pero de todas formas los domingos se va al mercado a comprar lo de la semana que se divide entre todos los voluntarios. El voluntariado es por 2 semanas como mínimo y el trabajo es duro. No hay que pagar nada.

https://www.facebook.com/FincaLaArgentina/

Para los dos lugares es recomendable ir con ropa apropiada para trabajar, botas de goma, guantes y poncho para lluvia.

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3 thoughts on “Ecuador: viajeros voluntarios en la selva

  1. Que bueno que sigan viajando, aprendiendo y dándole una mano a la gente buena y laburadora.- Habría que hacer una penca, hay que adivinar donde van a estar el 10 de agosto de 2018 para celebrar otro año más viajando.- Abrazos y lo mejor para ustedes.-

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