Perú: tras los pasos de la cultura Chachapoyas

Otra frontera y van…

Perú se hizo esperar. Nos costó despedirnos de Ecuador pero una vez que tomada la decisión de seguir viaje, la frontera no llegó tan rápido como esperábamos. Una ruta de subidas y bajadas, una parada a dormir en el camino y 50 kilómetros de ripio nos separaron del paso fronterizo de La Balza. Finalmente, una vez que llegamos al río que divide ambos países, tuvimos que esperar una hora porque la pequeña oficina de aduana ecuatoriana no contaba con sistema para hacernos la salida del país y en su lugar los tramites se hacían vía Whatsapp en otro paso fronterizo. Para pasar la espera más rápida, los amables oficiales que nada podían hacer para agilizar el proceso, nos regalaron algunas frutas para que comamos en el camino. Les preguntamos si estaba todo bien con cruzarlas a otro país (algo que en realidad está prohibido) y nos dijeron que sí. En Perú lo confirmamos: no pasaba nada si entrábamos con frutas porque nadie nos revisó con mucho énfasis. De hecho, aprovechamos el económico precio de la gasolina de Ecuador y nos llevamos unos cuantos tanques extras como souvenirs.

Como la lluvia que nos había perseguido todo el día parecía que no iba a parar, les preguntamos a los oficiales cómo venía el clima y nos dijeron que por suerte la lluvia era esporádica. Unos minutos después, repetimos la pregunta pero al oficial peruano y su respuesta fue opuesta: llueve todos los días, todo el día. ¿Tanto cambia el clima a sólo unos metros de distancia o alguno se equivocaba?

Una vez que la aduana ecuatoriana dio el ok, cruzamos el puente y pisamos suelo peruano después de más de tres años de no visitar estas tierras. El oficial de migraciones de Perú nos dijo que al entrar con vehículo propio sólo podían darnos 30 días de estadía. Le explicamos que eso no era así ya que antes habíamos entrado de la misma forma y nos habían dado 90. Se quedó conforme con la explicación y accedió a otorgarnos los 3 meses.

En los primeros kilómetros que hicimos en Perú nos encontramos con un paisaje distinto al que habíamos conocido antes, donde la selva se mezcla con la sierra y los cultivos de arroz son tan verdes que parecen canchas de fútbol de césped sintético. Pasamos por pueblos pequeños y varios retenes que parecían policiales pero que eran de civiles autodenominados como seguridad y que pedían una colaboración a todo el que frenaba.

Llegamos a la primera ciudad grande del camino, Jaén, que es como la mayoría de las ciudades del Perú que conocemos: reina el caos, la basura, el gris y los moto carros que manejan como se les ocurre. Entramos a la ciudad para sacar el seguro obligatorio de la Kombi pero ya todo estaba cerrado, así que seguimos viaje cruzando los dedos para que no nos parara la policía. 

Catarata de Gocta: caminata, leyendas y relax

Cocachimba nos dio un respiro. Es un pequeño caserío en la región Amazonas que supo ser el corazón de los Chachapoyas, la civilización indígena que dominó esta zona del Perú antes de la llegada de los Incas. Su principal atractivo es la Catarata de Gocta aunque en el mismo valle hay aproximadamente otras 22 caídas de agua –o chorreras como las llaman los lugareños– las que convierten a esta zona en un lugar muy especial y visitado por miles de turistas. El boom turístico empezó hace no más de una década cuando un alemán descubrió que Gocta tenía 771 metros de altura divididos en dos saltos, lo que la convertía en una de las más altas del mundo. Al parecer, antes de esto, los locales no se animaban a acercarse a la catarata porque, según la leyenda, una hermosa sirena maldecía a todo el que se acercara como forma de proteger una vasija de oro oculta en el agua y ella, a su vez, era resguardada por una serpiente gigante. Dicen que hubo varias personas que desaparecieron misteriosamente.

Camino a las Cataratas de Gocta

La mayoría de los visitantes toman un tour desde Chachapoyas, la ciudad más cercana, y vuelven en el mismo día, por lo que el pueblo no cuenta con demasiados servicios ni con mucha gente. Para nosotros que llegamos con la Kombi este fue un gran beneficio, estacionamos frente a la plaza principal que consiste en una gran cancha de futbol verde y pasamos el día preparándonos mentalmente para la caminata de 10 kilómetros que haríamos al día siguiente hasta la cascada.

Si llegás a Cocachimba en un día nublado o lluvioso, el viaje habrá sido en vano porque les difícil ver la catarata. A pesar del mal clima que venía haciendo, tuvimos la suerte de que justo ese día amaneciera completamente despejado. Arrancamos la caminata a las 7 de la mañana y todo el camino lo hicimos solos, sin otros turistas a la vista y con la guía de un perrito que nos acompañó todo el trayecto. Llegamos a la cascada dos horas después, justo cuando el sol da de lleno en la caía de agua. Pudimos aprovechar a sacar todas las fotos que quisimos sin gente y nos acercamos lo más posible para dejarnos mojar por el agua fría.

Cuando arrancamos la vuelta nos cruzamos con grupos de turistas que estaban en su camino de ida y no podían creer que nosotros ya volviéramos. La ventaja del que madruga es que evita las multitudes. El camino de regreso fue más duro, casi todo en subida y esquivando caballos que llevaban a aquellos que no se animaban a hacer el camino a pie.

El sol nos acompañó el resto del día y lo aprovechamos en la piscina del mejor hotel de Cocachimba: el Gocta Andes Lodge. Fuimos invitados por el hotel  y esto nos permitió hacer un upgrade de habitación: del parque pasamos a tener una con vista a la cascada. Muy bacanes. Lo mejor fue la ducha bien caliente y el desayuno completo.

Al otro día amaneció lluvioso y la catarata casi no se veía, no podíamos creer nuestra fortuna de llegar justo el único día con cielo celeste.

Entrada a Gocta: 10 soles por persona


Mirá más fotos de la catarata y del hotel acá:

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Chachapoyas y los lugares que no fueron

Entramos a la ciudad de Chachapoyas con expectativas que rápidamente se cayeron. La lluvia, el tránsito, los borrachos que festejaban el carnaval y los arreglos que estaban haciendo en la plaza principal nos desalentaron a quedarnos. Así como llegamos, luego de finalmente sacar el seguro obligatorio del vehículo, dimos la vuelta y nos fuimos. La idea era seguir conociendo la cultura Chachapoyas y visitar varios sitios arqueológicos cercanos como los Sarcófagos de Karajía (son siete sarcófagos de 2 metros de alto enclavados sobre un acantilado), el Pueblo de los Muertos (que es considerado un antiguo centro funerario, dedicado al culto de los más altos gobernantes de la cultura Chachapoyas) y la Caverna de Quiocta (dentro de la cual se pueden ver pinturas rupestres, algunos restos humanos y cerámicas). Pero en información turística nos dijeron que todos los caminos hacia esos sitios eran de tierra y no recomendaban ir con lluvia. Como el pronóstico no anunciaba mejoras en el clima, nos quedamos con ganas de conocer estos lugares y seguimos viaje.

El camino que tomamos desde allí y que siguió hasta Cajamarca fue de lo peor que vimos. Los cientos de carteles que cruzamos con la leyenda de “tránsito lento mantener la derecha”  no tienen ningún sentido cuando la carretera es de un carril y medio de ancho. Debimos esquivar cráteres y camionetas que nos pasaban a toda velocidad empujándonos hacia fuera y manejar bordeando precipicios neblinosos no aptos para vertiginosos. La bocina fue una constante como forma de prevención ya que las curvas no nos permitían ver qué venía de frente, pero aunque la aplicamos cada dos segundos, varias veces tuvimos que frenar de golpe para evitar chocar porque no había lugar para que pasáramos dos vehículos a la vez.

Parte de la ruta desde Chachapoyas a Cajamarca

Kuelap: la ciudad amurallada de la montaña

A 3.000 metros smn sobre el Cerro La Barreta en los Andes amazónicos, los Chachapoyas decidieron construir esta ciudad que hoy es considerada como la más importante y representativa de su cultura. A pesar de estar rodeada de muros y ubicada en lo alto de la montaña, lo que otorga una amplia vista del valle y alrededores, los historiadores descartaron que esta haya sido una fortaleza porque sus muros no eran lo suficientemente altos como para protegerse. Aunque la duda queda planteada ya que todas las puertas de acceso a la ciudad son un embudo por el que al final entra de a una persona a la vez y se cree que esto lo hicieron para evitar invasiones.

Para llegar al complejo nos tomamos las telecabinas que salen desde el pueblo de Nuevo Tingo. Como queríamos asegurarnos de que no hubiera mucha gente, llegamos al lugar a las 8 am para tomar el primer viaje. Al principio vimos al telesférico sólo como un medio de transporte que nos llevaría más rápido ya que el camino por tierra hasta las ruinas estaba en muy malas condiciones, pero terminamos disfrutando mucho el paseo que duró 20 minutos. Además, en el viaje de vuelta pudimos ver en la ladera de la montaña dentro de una cueva un esqueleto humano del que poco se sabe.

Una vez que llegamos a lo alto de la montaña comprendimos por qué la civilización eligió ese lugar para vivir: la vista es única. Antes de entrar al sitio arqueológico visitamos el centro de información donde aprendimos un poco más sobre la historia de lo que estábamos a punto de conocer. Poco se sabe de la cultura Chachapoyas respecto a su religión, pero la complejidad de la arquitectura funeraria indica que le daban mucha importancia a sus antepasados y a la muerte.

Un poco apunados por la altura, subimos por el camino que separa el centro de visitantes de la ciudadela. Al entrar lo primero que nos llamó la atención es que había muy pocas casas reconstruidas y que gracias a eso la naturaleza se mantenía viva. El calor que hacía afuera se disipó gracias a los árboles que estaban en todo el complejo. Caminamos durante algunas horas recorriendo lo que serían las casas circulares de los antiguos habitantes hasta llegar al Templo Mayor, el lugar más importante de la ciudad, escenario de rituales y ceremonias.

La ubicación, la naturaleza tan presente y poder recorrer todo el sitio solos fue lo que más nos gustó. Si bien Machu Picchu es la joya arqueológica del país y uno de nuestros lugares favoritos de todo el viaje, nunca vas a poder tener allí la tranquilidad que sentimos en Kuelap.

Cuando bajamos para tomar el telesférico de vuelta nos encontramos con todos los tours que recién llegaban y se disponían a empezar el recorrido. Otra vez agradecimos haber arrancado temprano para poder disfrutar el lugar sin gente.

Telesférico (ida y vuelta): 20 soles por persona

Entrada a Kuelap: 20 soles por persona


No te pierdas la galería de fotos de Kuelap!

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Leymebamba: el museo de las 219 momias

Como era recién el mediodía cuando volvimos a Nuevo Tingo a buscar la Kombi, decidimos encarar para Leymebamba donde había un museo que nos habían recomendado. Cuando llegamos dudamos si entrar o no ya que ese día veníamos excediendo nuestro presupuesto pero finalmente nos decidimos por el sí y fue la mejor elección. El museo hace un recorrido por la historia de la civilización Chachapoya y otras comunidades que vivieron en la zona. Pero su mayor atractivo son las 219 momias que encontraron en perfecto estado dentro de nichos funerarios en acantilados de piedra caliza frente a la Laguna de los Cóndores, muy cerca de allí. Aprendimos sobre los rituales funerarios de los Chachapoyas y cómo con la llegada de los Incas comenzaron a momificar a sus muertos. Además, el museo muestra objetos encontrados en el lugar. Para nosotros, los más interesantes fueron los quipus, un sistema de cuerdas de diferentes colores atadas con distintos tipos de nudos que usaban como forma de contabilidad y escritura. Al encontrarlos estaban completamente enredados y necesitaron de expertos que pudieran devolverles su forma original. El estudio de los quipus podría descifrar muchos aspectos aún desconocidos de esta enigmática cultura.

Entrada al museo: 15 soles por persona

Foto de las momias: cortesía Museo Leymebamba
Foto de los quipus: cortesía Museo de Leymebamba

Cajamarca: mecánica intensiva

Subida al Cerro Santa Apolonia

El mal estado de la ruta hizo que a Dora se le aflojaran algunos tornillos y le tocaba pasar por el mecánico, por eso, cuando llegamos a Cajamarca, lo contactamos a Ricardo a quien habíamos conocido en un evento de Volkswagen en Ecuador en 2014. Justo él se encontraba en Lima pero nos invitó a quedarnos en su taller en donde pasamos tres días haciéndole mantenimiento a la Kombi. Como estábamos solos fue un trabajo duro y el clima no ayudó. El domingo logramos terminar todo, aprovechamos que salió el sol y salimos a despejarnos y conocer la ciudad que todavía no habíamos podido recorrer. Visitamos la Plaza de Armas y subimos caminando al cerro Santa Apolonia desde donde se tiene una buena vista panorámica de la ciudad. Este cerro era un lugar de culto para la cultura Chavín, lo usaban para adorar a la lluvia y los astros y dentro se encontraron tumbas que pertenecían a las personas más importantes de la ciudad. 

El lunes arrancamos temprano con destino Trujillo, donde seguimos visitando sitios arqueológicos y nos dimos un mimo después de tanto trabajo. Pero se los contaremos en la próxima nota.

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