Bolivia: un viejo conocido que nos mostró una nueva cara

Copacabana: inspiración frente al Titicaca

Los trámites en la frontera suelen ser aburridos, lentos y tediosos. Pero esta vez fue la excepción. En menos de 5 minutos (literal) habíamos hecho la salida de Perú. Al entrar a Bolivia tampoco había gente en migraciones y como los trámites de aduana los habíamos adelantado por Internet (que modernidad!) terminamos en 10 minutos, justo antes de que llegara un bus de turismo repleto.

A sólo 10 kilómetros de la frontera está el pueblo de Copacabana, que ya nos había conquistado a la ida. Estacionamos en las afueras del pueblo, debajo de un árbol y frente al lago Titicaca y no nos movimos de ahí por una semana. Desde las 8 de la mañana a las 8 de la noche le dimos duro y parejo al teclado y ya estamos en la recta final de nuestro libro de viajes. El clima frío y la lluvia fueron ideales para mantenernos encerrados y concentrados, pero no nos privamos de preparar cosas ricas como tarta de verdura, pan casero y hasta torta havanet! (torta típica de Argentina con dulce de leche y cobertura de chocolate).

Parecen frutillas pero es tarta de zapallitos y remolacha!

 

La paz del Titicaca al atardecer fue pura inspiración

Antes de irnos de Copa quisimos mover un poco las piernas que tanto descanso les habíamos dado y tener una vista distinta del pueblo y del lago, por eso subimos al mirador del cerro El Calvario donde los casi 4 mil metros de altura nos dejaron sin aire pero la vista panorámica lo compensó.

La mejor vista del lago Titicaca

La Paz desde lo Alto

Durante el camino de ida hacia Alaska no habíamos entrado a la capital del país por miedo a quedar varados en el tráfico y en una subida empinada. Esta vez decidimos dejar la Kombi estacionada en el aeropuerto de El Alto y bajar a la ciudad. No nos tocó un día cualquiera para recorrer la ciudad, justo era el Día del Mar y en todo el país había manifestaciones en reclamo del Departamento del Litoral del mar que Bolivia perdió en manos chilenas en el siglo XIX. Las banderas azules predominaban en el paisaje urbano.

Para bajar a la ciudad decidimos tomarnos un telesférico. La red de telesféricos que funciona en la ciudad es increíble. Hoy funcionan seis líneas y hay otras cinco a punto de ser inauguradas. Nosotros nos tomamos la línea amarilla y la combinamos con la verde para tener una buena vista de la ciudad desde arriba y de la montaña Illimani cubierta de nieve. Una vez abajo, nos tomamos un micro bus (como le llaman a las camionetas de transporte público) que nos dejó en la Avenida El Prado. Desde allí emprendimos una dura caminata en subida hacia el mirador Killi Killi, uno de los 15 que ofrece la ciudad. Desde arriba se pueden ver casi todos los barrios pero la vista desde el telesférico nos pareció mejor.

Vista panorámica de La Paz desde el mirador Killi Killi

El recorrido siguió por la popular calle Jaén, un callejón estrecho de adoquines con edificios de arquitectura colonial bien preservados que hoy funcionan como museos, tiendas, bares y hostales. Al llegar a la Plaza Murillo, el parque principal en donde se encuentra la Catedral y el Palacio de Gobierno (llamado Palacio Quemado), dos cosas nos llamaron la atención: que todo era mucho más pequeño de lo que imaginábamos y que el reloj del palacio gira al revés. Las agujas giran hacia la izquierda y los números están invertidos: van del 12 al 1. Además se cambiaron los números romanos tradicionales por los arábigos. Cuando fue implementado en 2014 causó gran controversia, pero las autoridades aseguraron que fue para revalorizar la cultura propia y en señal de descolonización.

El Palacio de Gobierno y su famoso reloj invertido

Seguimos nuestro recorrido hasta la Plaza San Francisco donde nos metimos en un gran mercado a almorzar. Casi todos los puestitos ofrecían lo mismo: sopa de maní de entrada y milanesa de pollo o carne como principal. La sopa no tenía demasiado sabor y ni un gramo de maní, y la milanesa no era lo que nuestras papilas gustativas añoraban y esperaban ansiosas, pero al menos nos llenó bastante, era muy barato y recuperamos energías para seguir caminando.

En el Mercado de Brujas encontrás todo lo que necesitás para… ¿hacer un hechizo?

El Mercado de Brujas fue la siguiente parada. En sus varios puestos que ocupan un par de cuadras se pueden conseguir desde las más coloridas artesanías (telas, bolsos, ropa,  recuerdos, instrumentos, etc.) hasta todos los ingredientes necesarios para rituales de medicina alternativa como hierbas, cremas, velas y hasta fetos de llama.

Por último recorrimos algunas cuadras del Mercado Rodríguez. Este mercado se arma en medio de la calle, abarca varias cuadras y podés encontrar verduras, frutas, granos, alimentos no perecederos, hierbas y chucherías.

Para volver a buscar a Dora, nos tomamos el teleférico rojo que nos dejó en El Alto a unos kilómetros del aeropuerto que recorrimos a pie para ver el movimiento del final de la tarde en esa zona de la ciudad. Nos fuimos de La Paz muy contentos, esperábamos encontrar una ciudad sumergida en el caos como nos habían advertido pero no fue así, y más en un día de puras manifestaciones. En cambio, nos encontramos con una ciudad dinámica y viva pero que no pierde el ritmo justo, cuyo sistema de transporte aéreo nada tiene que envidiarle a las principales capitales del mundo.

Cochabamba: refugiados en el mercado

Llegamos a Cochabamba cuando parecía que el cielo se iba a desplomar sobre nosotros. Dejamos a Dora en un estacionamiento y nos metimos en el Mercado La Pampa, uno de los más grandes de Sudamérica. Como se habrán dado cuenta, los mercados nos encantan, y este nos atrapó, no porque fuera tan distinto, sino por su tamaño: ¡que difícil encontrar la salida! Como faltaba poco para cruzar a Brasil y sabíamos que el país vecino era más caro, decidimos aprovisionarnos de varias cosas. Durante el recorrido el cielo descargó toda el agua que tenía acumulada y que empezó a filtrar entre los precarios puestos. Las calles se empezaron a inundar, la lluvia parecía no dar tregua y nuestras mochilas cada vez pesaban más. Nos quedamos un rato esperando a que parara pero no había caso, al final decidimos chapotear en los charcos y correr de vuelta hacia la Kombi a la que llegamos empapados. Para aplacar el mal clima, preparamos algo rico que conseguimos en el mercado y que hacía tiempo no veíamos: chontaduros con miel y sal (el fruto de una palmera cuyo sabor es difícil de describir que comíamos mucho en Colombia) y cevichocho (una variante del ceviche pero sin pescado, típico de Ecuador).

Por la lluvia nos quedamos sin visitar el principal atractivo de la ciudad: el mirador panorámico del Cristo de la Concordia (la estatua es unos centímetros más alta que el Cristo Redentor de Brasil). Pero nos fuimos bien cargados de verduras, frutas, granos y una caja de Bon o Bones que conseguimos más barata que en Argentina, listos para seguimos camino.

Santa Cruz de la Sierra: una ciudad de otro país

Este departamento era para nosotros desconocido y nos dejó la mejor impresión. Lo primero que conocimos fue la ciudad de Santa Cruz, que es distinta a todas las ciudades del resto del país y hace años sus residentes vienen reclamando su independencia del resto del territorio. Nos sorprendió el orden, la prolijidad, la cantidad de cadenas de comida internacional y su modernidad. Muy pocas similitudes con el resto de Bolivia. Después de conseguir una ducha caliente que tanto nos hacía falta, salimos a caminar por el centro, recorrimos la plaza 24 de Septiembre y visitamos la Casa de la Cultura. Esa noche estacionamos para dormir frente a un aeródromo que contaba con seguridad en la puerta y que a pesar de estar en medio de la ciudad no era demasiado ruidoso.

San José de Chiquitos: primeros contactos con Brasil

Al salir de la ciudad hicimos una primera parada en Cotoca, un pueblito que nos atrajo porque en los árboles de su plaza viven osos perezosos. Bajamos a mirarlos un rato y seguimos viaje.

Allí comenzó nuestro recorrido por la Chiquitanía, como se conoce a esta zona de Bolivia (Provincia de Chiquitos, Departamento de Santa Cruz). Calor, humedad, densa vegetación selvática, mosquitos y otros bichos, montañas rojizas, un paisaje diferente a lo que veníamos viendo y muchas comunidades menonitas.

Seguimos andando hasta llegar a San José de Chiquitos. Era miércoles de ceniza y se notaba que el pueblo se estaba preparando para la Semana Santa: armaban puestitos de comida y de artesanías, arreglaban las entradas de sus negocios y restaurantes, empezaban a decorar, colgaban luces y acomodaban mesas y sillas. Nosotros nos sentamos en un banco de la gran plaza que es la protagonista de todo a jugar a las cartas, ver los tucanes que vuelan entre las copas de sus árboles y mirar cómo el sol del atardecer hacía que el color amarillo de la enorme iglesia Jesuítica y su paredón resaltara aún más.

La iglesia jesuítica de San José

Al rato llegaron dos Kombis viajeras brasileras, sus tripulantes eran Salva (España) y Caro (Brasil) de Expedición Margarita junto a su perrito y Kim (Brasil), un loco lindo de 60 años que tiene más energía que cualquier niño. Con ellos salimos a dar una vuelta y a probar las típicas empanadas de la región que ofrecían en cada uno de los puestitos que se había armado en la calle por el fin de semana largo.

Esa noche fue calurosa y algo ruidosa ya que quedamos atrapados en medio de la procesión, así que al otro día decidimos irnos para Chochis que aparentaba ser un pueblo mucho más pequeño y tranquilo, y nos nos falló.

Nuevos amigos viajeros brasileros. Gracias a Caro y Salva por la foto!

Chochis: vida de pueblo

Como estaba comenzando la Semana Santa nos imaginamos que todo iba a estar repleto de gente y no nos entusiasmaba demasiado, pero cuando llegamos a Chochis y vimos su plaza principal desierta fue una buena señal. Dejamos la Kombi bajo la sombra de un árbol y fuimos caminando hasta la cascada Velo de la Novia a refrescarnos un poco. No podíamos creer que hacía tan sólo unos días habíamos amanecido a 4.500 metros de altura cubiertos de nieve y que ahora nos estábamos derritiendo del calor.

Así amanecíamos unos días atrás en Confital a 4.500 msnm

La cascada estaba completamente vacía así que fue toda para nosotros solos. Cuando volvimos a la Kombi preparamos una ricas empanadas caseras que nada tenían que envidiarle a las de los puestitos de la calle y pasamos el resto de la tarde leyendo y respondiendo las preguntas de los niños del pueblo que venían a curiosear.

Además de la cascada (a la que nadie iba porque había que caminar unos 20 minutos), el atractivo principal de Chochis es el santuario desde el cual se tiene una vista panorámica de la región. La Kombi se convirtió en el tercer atractivo del pueblo que no contaba con más que un restaurante, una tienda y una iglesia que se dedicó a dar campanadas todo el día. Los turistas que llegaban veían la Kombi, le tomaban una foto, seguían hasta el santuario y se iban.

Como estábamos tan tranquilos, pasamos dos noches allí en las que conocimos un poco el ritmo del pueblo. Lo que nos llamó la atención fue el servicio de información que había. Desde un altoparlante iban anunciando las actividades del día para que todos estuvieran informados: “hoy hay empanadas de arroz en lo de Maria frente a la vía férrea”, “si necesita arreglar su heladera o electrodomésticos acérquese que hoy llegó el técnico”, “esta noche hay locro de gallina criolla en lo de Celia”, “si quiere comer salchipapas hay un carrito en la esquina de la plaza”. Nos encantó.

Nuestros días en la plaza de Chochis con esta vista

Santiago de Chiquitos: viajeros y vendedores

Sábado Santo. Llegamos a Santiago y lo primero que nos llamó la atención fue la camioneta con patente argentina que estaba estacionada en la plaza. Frenamos al lado de ellos y nos presentamos con Lucas, Juli y Guada que salieron de Córdoba hace dos meses y venían de recorrer Brasil. Ellos estaban haciendo pulseritas sentados bajo un árbol y la gente empezó a acercase para verlas. Cuando les mostramos a los chicos la Kombi por dentro, los turistas (la mayoría oriundos de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra), aparecieron en malón. Fotos, caras de sorpresa, preguntas, mucha emoción. Este pueblo era más turístico que Chochis y todos los que habían salido por el fin de semana querían llevarse un recuerdo de sus vacaciones. A falta de tiendas de artesanías locales, nosotros cubrimos esa demanda y nos fue súper bien. Durante todo el día hasta las 12 de la noche del sábado no paramos de hablar con gente y vender nuestras cosas, el domingo siguió igual. Claro que no nos privamos de hacer una torta de banana para compartir con los chicos, quienes nos retribuyeron con un delicioso Fernet helado. Entre charlas, ventas, anécdotas y mucho macramé, con los dedos mochos de tanto tejer, cerramos un fin de semana exitoso y con nuevos amigos.

Gracias Vanecono por la foto!

Puerto Suárez: todo concluye al fin

El lunes nos dimos una buena ducha caliente para tomar de nuevo la ruta rumbo a la frontera con Brasil. Frenamos en el pueblo de Aguas Calientes, llamado así por tener un río de agua termal transparente que lo bordea. Hasta hacía un día todo había estado repleto, pero el lunes por la mañana no quedaba nadie. Como hacía bastante calor y nos acabábamos de bañar, desistimos de darnos un chapuzón y seguimos de largo.

Casi darnos cuenta, llegamos a Puerto Suárez, la última ciudad antes de cambiar de país. Pasamos por el supermercado donde ya había más productos brasileros que bolivianos y vimos un lindo atardecer desde el muelle donde estacionamos para pasar nuestra última noche en Bolivia.

Así nos despedía Bolivia

***

Cuando salimos de Argentina (hace casi 4 años), Bolivia había sido el primer país de nuestra larga lista. En ese momento nos costó adaptarnos a las nuevas costumbres, sentíamos que todo nos resultaba complicado: cargar gasolina, enfrentar controles policiales, que nos quisieran cobrar más caro por ser extranjeros, el tráfico. (Pueden leer más sobre esta primera visita haciendo click acá!). Pero esta vez fue distinto. Le dimos otra oportunidad a Bolivia y no nos defraudó.

Nos habían advertido del alto grado de corrupción de la policía que te frena en cualquier parte de la ruta a pedirte plata sin motivo alguno y entramos al país un poco nerviosos, pero a lo largo de los 1.700 kilómetros que recorrimos nos pararon 10 retenes policiales y absolutamente ninguno nos exigió dinero ni nada raro. En la mayoría sólo tuvimos que presentar la licencia de conducir y en dos nos revisaron la Kombi sin mucho ahínco.

Con respecto a la gasolina, esta vez pudimos cargar siempre a precio local sin tener que discutir ni negociar (hay dos valores distintos: 3,74 pesos bolivianos el litro para locales y 8,68 para extranjeros), aunque no pudimos hacerlo directo del tanque sino que debíamos estacionar a unas cuadras e ir caminando con un bidón.

No sabemos exactamente qué fue, probablemente haya sido una mezcla entre la experiencia del viaje y un cambio en nuestra actitud, pero sentimos que esta vez la gente era más amable y simpática, que el tráfico estaba más ordenado y que en general todo estaba bastante más limpio. Descubrimos otra cara de Bolivia que nos encantó, la despedida esta vez fue más difícil que la anterior.

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