Pasados por agua en Brasil

Por ser un país de clima tropical, en muchas zonas del territorio brasilero llueve al menos una vez al día. Pero no fue la lluvia la que nos hizo pasar por agua durante nuestra breve estadía en el país.

Una nueva bandera

La última banderita que pegamos sobre la chapa de Dora había sido puesta hacía más de un año atrás al volver de Cuba. Desde allí volvimos a recorrer los mismos países de Sudamérica por los que habíamos subido. Aunque sabíamos que la visita a Brasil iba a ser corta porque era sólo un lugar de paso hacia el sur (en un futuro viaje lo recorreremos en profundidad), estábamos ansiosos por conocer un nuevo país y descubrir todo lo que ello implica.

Al entrar a Brasil desde Bolivia no debimos hacer aduana ya que por ser del Mercosur quedamos exentos de este trámite, pero nos pararon de todas formas para revisarnos. Una mirada rápida al interior de la Kombi y un gran problema en el techo: un bidón lleno con 20 litros de nafta. Como en Bolivia era mucho más barata llenamos el tanque y el bidón, pero al parecer en Brasil está prohibido circular con bidones de gasolina. El oficial de aduana nos quería hacer dejar la gasolina allí con bidón incluido mientras un policía federal intentaba disuadirlo para que haga la vista gorda. Después de un par de idas y vueltas lo convencimos y nos permitieron seguir. En migraciones debimos esperar una hora porque había bastante gente esperando y un solo oficial al que le gustaba quedarse charlando un buen rato con cada uno. A nosotros nos enganchó por el lado del fútbol, nos decía que Brasil era mejor que Argentina porque ganó cinco mundiales, algo que no nos puede importar menos. Nos reímos de sus chistes malos y asentimos a todo lo que decía con tal de que nos sellara rápido los pasaportes y poder seguir camino.

La primera ciudad a la que entramos fue Corumbá en la provincia de Mato Grosso do Sul y el primer lugar visitado, como no podía ser de otra forma, fue un supermercado. Nos encanta entrar en un país nuevo y ver qué productos distintos ofrece. Había muchas cosas nuevas cuya forma de preparación desconocíamos, pero que más adelante, gracias a nuevos amigos que hicimos, las fuimos conociendo y degustando.

Nuestro primer contacto con el portugués fue difícil. Intentamos pedir indicaciones sobre cómo llegar a la oficina información turística para pedir mapas y recomendaciones pero no nos entendían, íbamos a otro lugar y nos daban indicaciones erróneas, consultábamos de nuevo y nos mandaban a otro lado. Una hora estuvimos dando vueltas en vano. Al final nos cansamos, nos sentíamos frustrados por no poder comunicarnos, decidimos agarrar la ruta y dejar que este nuevo país nos sorprendiera. Y lo hizo.

El Pantanal

Tomamos la ruta 262 que bordea a un hermoso pantano que es hogar de miles de especies distintas. Para poder ver algunos animales, nos desviamos de la carretera y nos metimos por un camino de tierra. Con sólo hacer 10 kilómetros pudimos ver una familia de capibaras (carpinchos enormes), yacarés, papagayos azules y un enorme tapir que lamentablemente había sido atropellado. El estado del camino que todavía estaba inestable por la temporada de lluvias no nos permitió meternos más, pero fue suficiente para regalarnos una pequeña muestra de toda la naturaleza que Brasil tiene a la vista.

En la ruta, aparte de hermosos paisajes y muchos animales, no había ningún pueblo ni estaciones de servicio. Ya se estaba haciendo de noche y no sabíamos dónde parar a dormir hasta que apareció un gran puesto de control policial donde pudimos estacionar.

El calor nos levantó temprano así que al otro día arrancamos a la mañana y llegamos antes del mediodía a Bodoquena, un pueblo no muy turístico en sí pero rodeado de fincas privadas en donde se pueden hacer varias actividades al aire libre. Aprovechamos el wifi del único supermercado que encontramos en el pueblo y pasamos por una estación de servicio que nos sorprendió con agua potable helada gratis y una manguera para cargar el tanque. Cargados de agua fresca, seguimos camino.

Bonito

En Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, habíamos conocido a una pareja de brasileros, Salva y Caro, quienes nos habían dado el contacto de Dan, un amigo suyo que vive en Bonito. Por eso, al llegar sabíamos que estábamos en buenas manos. Dan nos pasó a buscar por la plaza principal y nos llevó a su casa donde conocimos a Neto, un cicloviajero oriundo de Salvador, Bahía. Dan está acostumbrado a recibir viajeros y gracias a Couchsurfing tiene amigos en todos lados.

Su jardín lleno de árboles y plantas de frutas y tucanes que nos visitaban cada mañana fue nuestro hogar por una semana. Con él, Neto, otros amigos y algunos viajeros que iban llegando compartimos comidas y aprendimos sobre la gastronomía brasilera. Neto nos deleitó con unas deliciosas feijoadas, conocimos la farofa (harina de mandioca preparada con ajo, tocino, cebolla, manteca, y lo que se te ocurra), probamos el asado brasilero, el licuado de acerola (una frutita súper vitamínica que crecía en el jardín) y no paramos de tomar tereré para combatir el calor. Pero sin dudas el mejor descubrimiento fue la palta dulce. En Brasil nadie prepara la palta con limón y sal o cebolla y tomate, allá se come dulce, como un postre. Sabemos lo que están pensando y al principio también lo dudamos, hasta que Neto nos preparó un licuado de palta, azúcar, leche y hielo. A partir de ese día nos volvimos fanáticos y, aprovechando el enorme Palto que daba más frutos de los que podíamos consumir, el licuado se convirtió en nuestro desayuno de cada mañana. Otra delicia que probamos fue el helado de palta con leche condensada. Antes de poner cara de asco les recomendamos probarlo, es un viaje de ida.

Una noche fuimos con Dan y Neto a la feria del pueblo: chamamé en vivo, bailes, comida típica y un lindo ambiente familiar. Lo mejor fue que allí no nos sentimos como turistas. En Brasil la gente es tan diversa que nadie nos miraba como extranjeros, algo que no nos pasaba hacía mucho tiempo. Nos sentimos muy cómodos al poder mezclarnos entre los locales sin llamar la atención.

Bonito es el pueblo más turístico de la zona, ofrece cientos de paseos para nadar en ríos transparentes, visitas a cuevas y excursiones de todo tipo. Pero nuestro presupuesto viajero no alcanzaba para hacer ninguna. El único lugar más accesible y al que podríamos llegar a entrar gratis estaba cerrado por mantenimiento. Al parecer justo antes de que llegáramos, la zona había sido afectada por terribles lluvias que dejaron todo patas para arriba. Dan no paró de comentarnos lo afortunados que éramos de haber podido disfrutar de una semana en Bonito de sol radiante.

Como no queríamos irnos sin conocer nada, un amigo de Dan se ofreció a llevarnos a una hacienda en la que él trabajaba y que todavía no estaba abierta al público. Entre amigos de Dan y viajeros que estaban de paso por su casa, formamos un grupo de nueve, nos subimos a su camioneta y arrancamos el paseo. Con la espalda un poco dolorida por viajar en la caja durante una hora por camino de tierra, llegamos a una primera hacienda y nos dimos un esperado chapuzón en un río super transparente con cascada incluida. Después de refrescarnos nos volvimos a subir a la camioneta y fuimos para otra hacienda. Para entrar tuvimos que hacer unos 10 kilómetros por un camino tan destruido que por momentos debíamos bajarnos y hacerlos a pie. Allí tomamos un sendero que nos dejó en un deck de madera desde el cual volvimos a tirarnos al agua. Todo alrededor era tan verde y natural que sentíamos que podía aparecer cualquier animal salvaje. Seguimos caminando en búsqueda de un segundo deck que nunca encontramos, nos metimos en la espesa selva en donde teníamos que ir esquivando ramas que nos dejaron algunos raspones, vimos plantas y árboles de todo tipo, unas cuantas arañas tamaño familiar y fuimos escoltados por manadas de mosquitos. Volvimos a lo de Dan ya de noche, agotados, llenos de tierra, picados, raspados y con algunas garrapatas de recuerdo, pero la aventura valió la pena porque pudimos conocer un poco de la belleza más salvaje que tiene el Mato Grosso do Sul.

Días de ruta

Cuando nos fuimos de Bonito volvimos a tomar la ruta desierta y sólo paramos dos veces para dormir. La primera fue en una gasolinera del camino. Para nuestra alegría también contaba con agua fría disponible y para nosotros, como no tenemos heladera en la Kombi, no hay mayor lujo que poder tomar algo frío cuando hace mucho calor. Cuando nos preparábamos para dormir nos rodearon dos camiones llenos de cerdos apretujados. El olor no era nada comparado con el ruido y los gritos que pegaban. Nos dieron mucha pena y nos preocupó que si los camiones se quedarían ahí toda la noche no íbamos a pegar un ojo. Me bajé a preguntarles si pensaban quedarse mucho tiempo y me respondieron que sólo 20 minutos. Ahí me di cuenta que no eran sólo dos camiones, eran siete, por eso tanto escándalo. No sé como cuentan el tiempo esos camioneros, pero los 20 minutos fueron en realidad 2 horas. Finalmente se fueron y pudimos dormir tranquilos.

La siguiente parada fue en Pato Bragado. Frenamos en una estación de servicio sólo para darnos una ducha rápida y seguir viaje, pero el encargado de la gasolinera era tan hospitalario que nos convenció de quedarnos a pasar la noche aunque fueran recién las 4 de la tarde. Nos convidó tereré, nos dio hielo y nos ubicó en un lugar bajo techo para que pudiéramos descansar. Al día siguiente nos dieron café y galletitas y un calendario para que nos lleváramos de recuerdo. Con todos esos servicios, más la ducha y el wifi libre, la gasolinera resultó mejor que un hotel.

Foz do Iguaçu

Antes de llegar a Foz le escribimos a Duda, otro amigo de un amigo que también es fanático de los Volkswagen y cuenta con varios en su colección. Él nos dijo que nos encontráramos en la empresa de transporte que tiene su familia en las afueras de la ciudad fronteriza. Cuando llegamos estaba justo saliendo a almorzar pero nos indicó que nos estacionáramos dentro de uno de los galpones del enorme playón para repararnos del sol. Cuando entramos nos dimos cuenta que no éramos los únicos viajeros. Lupe y Maicon de Otra Kombi estaban quedándose ahí desde hacía casi dos semanas en su Kombi, una T1 brasilera bordó y blanca del 69. Ella argentina, él brasilero, se conocieron cuando Lupe se fue a vivir a Salvador, Bahía. Hacía dos años que estaban en la ruta junto a su labrador marrón Garvey, fueron hasta Ushuaia y ahora su brújula marcaba el norte.

En seguida pegamos buena onda y organizamos un almuerzo. Maicon nos hizo conocer otras delicias de su tierra como los brigadeiros, la tapioca o el cous cous que ellos preparaban religiosamente junto con su café fuerte antes de dormir.

A pesar de los camiones y la tierra invasora, las noches en el playón eran muy tranquilas, teníamos un baño sólo para nosotros con ducha caliente, agua fría para tomar, heladera y lavarropas que aprovechábamos a usar los fines de semana cuando no quedaba nadie.

Los días en Foz se pasaron rápido, probablemente porque estuvimos en buena compañía. Pasamos dos semanas en las que aprovechamos el espacio del galpón para hacerle arreglos a ambas Kombis, salimos a visitar un templo budista y una mesquita, fuimos a la Triple Frontera y los fines de semana nos hicimos un lugar en la feria que se formaba en el centro para vender nuestras cosas. Como en Brasil las Kombis son moneda corriente, no llamábamos demasiado la atención, de hecho en la cuadra donde estábamos estacionados había al menos otras 10 Kombis! Igual pudimos vender algo y sobre todo acostumbrar mejor el oído al portugués que fuimos incorporando de a poquito.

Un día decidimos ir los cuatro a Paraguay para conocer más allá de Ciudad del Este. Cruzamos de noche para evitar todo el tránsito del día y cuando íbamos por la Super Carretera (así se llama) a los chicos se les quedó la Kombi. Problemas con el alternador que parecía no estar cargando. Pudimos llegar hasta una estación de servicio donde pasamos la noche y, al otro día, su Kombi arrancó gracias a un poquito de fuerza manual.

De ahí nos fuimos a conocer la represa binacional Itaipú que Paraguay comparte con Brasil sobre el río Paraná. Esta represa es la mayor productora de más energía del planeta. La visita del lado paraguayo era gratuita, incluía un video de su historia con imágenes aéreas impresionantes de su construcción y un bus que te llevaba a recorrer distintas partes. El dato más curioso que nos quedó grabado fue que el caudal máximo del vertedero de Itaipú corresponde a más de 40 veces el caudal promedio de las Cataratas de Iguazú. Muuucha agua.

Para que los chicos pudieran solucionar lo del alternador, nos volvimos a Foz en lugar de quedarnos una noche más en Paraguay y entre Maicon, Nico y un electricista que trabajaba en la empresa de transportes pudieron arreglar el problema en una tarde.

Como estábamos en Foz no podíamos dejar de conocer su principal atractivo: las Cataratas del Iguazú. Tanto Nico como yo ya habíamos ido de chicos pero teníamos muchas ganas de volver. Gracias a un contacto que nos pasaron, pudimos conseguir entradas de cortesía y disfrutar del paseo del lado brasilero. Como el recorrido es cortito decidimos entrar a la tarde para evitar las multitudes. El día estaba nublado pero el sol salió justo cuando llegábamos a la última pasarela desde donde se ve la Garganta del Diablo con un arcoíris que parecía pintado. Cuando salíamos del parque todavía estábamos empapados con agua de catarata por eso ni cuenta nos dimos cuando empezó a llover, la primera lluvia que veíamos en mucho tiempo.

Hacía varios días que con los chicos veíamos postulando una teoría: en Foz tenía que haber otras cascadas para visitar, no podía ser que el único atractivo fueran las Cataratas del Iguazú. Como si nos hubiera escuchado, un domingo mientras trabajábamos en la feria, se nos acercó a hablar André. Después de comprarnos varias postales nos dijo que el tenía una agencia de turismo (Iguassu Secret Falls) que ofrecía un tour por cascadas secretas en las que te podías meter y que nos quería invitar a todos a hacerlo. Aceptamos encantados, coordinamos un día y más contentos que Garvey con dos colas, empezamos el tour. Nuestro guía era Francisco, un paraguayo radicado en Foz hacía años y experto en cascadas, tan experto que hasta había escrito un libro sobre ellas. Con mucha simpatía, conocimiento y entusiasmo nos llevó a recorrer 4 senderos en los que vimos 10 cascadas completamente diferentes entre sí y en las que pudimos bañarnos. La mejor fue la última en donde nos metimos en pequeñas pozas que daban justo al río Iguazú que se veía hacia abajo. El paseo incluyó una vista a un barrio de Foz que tiene un pequeño bosque lleno de monos en libertad a los que alimentamos. Lamentablemente, por el crecimiento de la ciudad, su hábitat natural fue retrocediendo y cada vez les resulta más difícil encontrar comida por sí mismos.

Además de aprender sobre geografía, botánica, historia y geología, de conocer lugares únicos y rincones secretos a los que nunca hubiéramos podido llegar, una de las cosas que más nos gustó del tour fue ver a Francisco disfrutar tanto. Él, que hacía este recorrido todas las semanas, se sacaba fotos, se metía al agua como un niño y se sorprendía como si fuese la primera vez que iba. Él es el ejemplo perfecto de la frase que dice: “amás lo que hacés y no tendrás que trabajar nunca más en tu vida”.

***

Estábamos tan cerca de Argentina que podíamos verla desde el otro lado del río Iguazú, pero por un motivo u otro, el cruce se seguía dilatando. Después de dos semanas en Foz, llegó el día que decidimos volver a pisar suelo argentino. Nos despedimos de nuestros amigos a los que volveríamos a ver al día siguiente en Puerto Iguazú y nos dirigimos a la frontera que más miedo nos daba. ¿Por qué tantos nervios? Se los contamos en la próxima nota.

Ríos, cascadas, cataratas, agua potable y fría y muchas duchas fueron parte de nuestra rutina durante los 23 días que estuvimos en este rinconcito de Brasil. Nos fuimos empapados de lindos recuerdos, nuevas recetas, un poco de portuñol y buenos amigos. Brasil esperamos volver a verte para conocerte en profundidad y que nos sigas regalando tu vibrante naturaleza.

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