Misiones, mucho más que tierra colorada

Puerto Iguazú: catarata de emociones

Hacía quince días que veníamos palpitando la entrada a Argentina, quince días en los que estuvimos en Foz do Iguaçu (Brasil) a un paso de cruzar, pero por una cosa u otra seguíamos dilatando ese momento. Después de despedirnos por segunda vez de Brasil, finalmente cruzamos y, sin exagerar, fue la frontera que más nervios nos trajo. Mi cuerpo reaccionó como suele hacerlo en momentos de tensión: con una migraña difícil de controlar. ¿Por qué tantos nervios por regresar a nuestro país? Por un lado nos daba miedo que nos quisieran cobrar una multa que no pudiéramos pagar por haber estado con el vehículo más de un año fuera del país, por otro, temíamos que al volver a nuestros pagos ya no fuéramos especiales como nos hicieron sentir en otros países. Ya no íbamos a ser los extranjeros y eso nos reconfortaba un poco pero a la vez lo veíamos como una desventaja a la hora de vender nuestros productos. ¿Quién se iba a acercar a charlar si ya habíamos cumplido el sueño de llegar a Alaska? Por suerte estábamos equivocados en ambas cosas. Al parecer, haber llegado hasta la punta del continente era aún más atractivo que estar subiendo y la gente no tardó en acercarse entusiasmada, ver las fotos y la ruta recorrida con cara de sorprendidos, hacer miles preguntas y llevarse algún que otro recuerdo. De la multa no hubo noticia (este tema lo desarrollamos mejor en esta otra nota). Finalmente, después de casi cuatro años, Dora volvió a pisar suelo argentino y nos emocionamos por ella.

En Puerto Iguazú pasamos diez días de los cuales aprovechamos la mayoría para instalarnos en el hito de la triple frontera a vender nuestras artesanías. Allí volvimos a reencontrarnos con Maicon y Lupe con quienes habíamos pasado los días en Foz y compartimos almuerzos con otros tantos artesanos que también estaban viajando.

Esos primeros días en nuestro país fueron raros. Para no perder la costumbre, lo primero que hicimos al cruzar, fui ir al supermercado. Allí volvimos a ver todos esos productos que tanto habíamos extrañado. Nos sorprendía escuchar por los parlantes cómo sonaba el cuarteto, ver oferta de milanesas en cada esquina y que un “buenas” fuera suficiente para saludar. Todo nos resultaba familiar pero lejano, como un viejo recuerdo.

Los agotadores días de venta en los que pasábamos toda la jornada derritiéndonos bajo el sol dieron buenos frutos y nos sirvieron para llenar el tanque (con el combustible más costoso de todo el viaje hasta el momento) y empezar a conocer Misiones.

El primer sitio turístico que visitamos de la provincia fueron, como no podía ser de otra forma, las Cataratas del Iguazú. Ya habíamos estado del lado brasilero y ahora tocaba vivirlas desde adentro. Como fuimos una vez que terminó el fin de semana extra largo del 1º de mayo, había muy poca gente y nos permitió hacer los circuitos tranquilamente sin tener que hacer fila para sacar una foto. Las Cataratas son tan imponentes como difíciles de describir. Hay que estar ahí, dejarse mojar por su agua, quedarse hipnotizado con la caída de la Garganta del Diablo, recorrer las pasarelas descubriendo los arcoíris, su fauna y disfrutando de su vegetación para poder incorporar toda esa energía que transmiten ¡Que agradecidos debemos estar de tenerlas tan cerca!

El circuito inferior fue el que más nos gustó así que lo recorrimos dos veces.

Nuestra última noche en Puerto Iguazú conocimos a Samuel quien de casualidad había visto la Kombi dando vueltas por su ciudad y nos había escrito para conocernos. Lo invitamos a visitarnos en el bosquecito que había detrás de una YPF que es utilizado por los camioneros para descansar antes de cruzar la frontera y que hizo de hogar para nosotros durante las semanas que estuvimos allí. Su buena onda y generosidad fue el mejor regalo para despedirnos de esa ciudad que tanto nos había gustado. Afortunadamente, la hospitalidad no era exclusiva de la triple frontera, sino que la veríamos en los demás misioneros que iban a cruzarse por nuestro camino a lo largo de toda la provincia.

Minas de Wanda: la tierra que brilla

Desde Iguazú tomamos la ruta 12 que bordea el río Paraná y llegamos a las Minas de Wanda, una serie de cavernas en cuyo interior se encuentran miles de piedras semipreciosas. El guía nos llevó a recorrer las galerías en las que nos fue mostrando los distintos tipos de piedras incrustadas en la roca y las divertidas formas que tenían. Nos contó que el terreno había sido comprado originalmente para sembrar yerba mate pero que al encontrar los minerales el dueño decidió cambiar el proyecto. ¡Se sacó la lotería! El recorrido termina, por supuesto, dentro del salón de ventas de productos hechos con los minerales. La visita incluyó también un paseo por un jardín de la mitología guaraní en el que conocimos varios de los siniestros personajes que todavía hoy algunos padres usan como amenaza para mandar a los hijos a dormir. Por último visitamos un museo de fósiles en el que vimos una variedad impresionante de muestras que pertenecían a una colección privada. Aunque el tour tenga un claro carácter comercial, vale la pena hacerlo para apreciar las maravillas que esconde las profundidades de nuestra tierra.

El nombre se puso en honor a una princesa polaca y se pronuncia “Vanda”.

Eldorado: amigos costeros

Cuando llegamos a esta ciudad vecina del Paraná nos llamó la atención que en lugar de haber sido construida a lo largo del río, se hizo transversal al mismo. De hecho, no nos dimos cuenta de que existía una costanera sino al cabo de un par de horas de recorrerla. Cuando llegamos a la costanera empezamos a descubrir el atractivo local. El sol estaba comenzando a bajar y la ciudad se reactivaba de a poco. La costanera era el lugar elegido para caminar, correr, andar en bicicleta y tomar unos mates. Pasamos la noche allí y al día siguiente, mientras desayunábamos, se acercaron a hablar Eugenio y Betty, una pareja de jubilados que nos invitó a pasar el día en su casa. Nos agasajaron con un rico asado hecho por Betty, y Eugenio nos mostró los estanques de su terreno en donde tenían peces. Ellos nos contaron un poco de la historia del lugar y de la descendencia europea (sobre todo alemana y suiza) que predomina en la región y que sus ojos celestes evidenciaban. Por la tarde nos despedimos de ellos para dejarlos dormir la inamovible siesta y volvimos a la costanera, donde seguimos conociendo gente. La familia dueña del Carrito Móvil Berny, el único carrito de comidas que había en el lugar, se nos acercó para invitarnos unas hamburguesas, charlar del viaje y claro, de comida. Ellos nos contaron sobre el reviro, el plato típico misionero hecho con harina frita cuyo sabor y consistencia no lográbamos imaginar.

Con Eugenio y Betty
Compartiendo una rica hamburguesa del Carrito Móvil Berny

Gruta India: chapuzón en la sequía

El clima nos venía acompañando desde que entramos a Misiones. El sol salía cada día y las nubes parecían inexistentes. Pero la sequía estaba afectando a toda la provincia que se caracteriza por sus cientos de saltos naturales. La Gruta India no fue la excepción y cuando llegamos sólo podía apreciarse un hilo finito de agua que caía por las rocas. No íbamos a dejar que eso nos frenara, no podíamos irnos de Misiones sin darnos un baño en sus aguas, así que nos metimos en el piletón que forma la cascada y que estaba más frío de lo que pensábamos. También recorrimos la gruta que está al lado del piletón en donde se encontraron restos de objetos utilizados por civilizaciones antiguas.

Jardín América: turistas en el pueblo

Renovados por el agua fría, seguimos recorriendo los pueblos de la Ruta 12. Pasamos por Montecarlo en donde visitamos el molino de yerba Aguantadora y además de mostrarnos el proceso de envasado de la yerba, nos dieron unas cuantas bolsitas de muestra gratis. También dimos una vuelta por Puerto Rico hasta que llegamos a Jardín América, donde nos esperaban Andrés y su familia quienes nos habían escrito por Facebook para invitarnos a su casa. Andrés, Liliana, Guillermina y Santi nos mostraron cómo es la vida de ciudad-pueblo en Misiones y nos introdujeron en los platos típicos misioneros. Un día prepararon el famoso reviro del que tanto habíamos escuchado y cuyo sabor y consistencia nos hizo acordar a las migas del pan rayado que se despegan de las milanesas. También probamos el delicioso caburé que consiste en la masa de la chipa pero envuelta en un palo y asada al carbón. (Aclaración: en Misiones se dice “la chipa”, en Corrientes “el chipá”, a no confundirse eh!).

Podés ver los videos de la preparación del reviro y del caburé en nuestras historias de Instagram haciendo click acá desde tu celular!

Con Liliana salimos una tarde a conocer el Salto Tabay, uno de los atractivos naturales de la zona, y el molino de yerba Flor de Jardín donde nos invitaron a hacer un recorrido completo por toda la fábrica y nos convidaron riquísimas conservas que ellos también hacen. Nuestros preferidos fueron los mini choclitos que Liliana nos regaló para que llevemos en el camino. Con Andrés salimos a pasear en su Chevy, con el que en los próximos meses arrancarán ellos también su propio camino hacia Alaska. Además nos presentó a su mamá Enriqueta con la que nos pasamos un buen rato hablando de viajes ya que había recorrido prácticamente todo el mundo junto a su marido y tenía un recuerdo de cada lugar decorando su casa.

Nosotros en general decimos que hay que tratar de no preocuparse demasiado por las cosas porque siempre aparece una solución. Y cuando llegamos a lo de Andrés volvimos a confirmarlo. Unos días atrás, cuando estábamos en Puerto Iguazú, a Nico se le salió la corona de un arreglo de una muela. Cuando llegamos a lo de Andrés, charla va, charla viene, le preguntamos a qué se dedicaba. No podíamos creer su respuesta: “soy Odontólogo”. Le comentamos el problema y no dudó en atenderlo a Nico para ayudarlo. Así que podemos decir que en Jardín conocimos hasta el consultorio del dentista del lugar.

Asado de domingo en lo de Andrés y Liliana

Salto Encantado: caminata de leyenda

Unos días después decidimos seguir la marcha y fuimos a conocer el famoso Salto Encantado que, por la sequía, estaba lejos de ser la asombrosa cascada que se ve en los folletos turísticos. Uno de los empleados del lugar nos dijo que hacía mucho tiempo que no lo veía tan seco. Según la leyenda guaraní, el salto se formó por las lágrimas de la hija de un cacique a la que no le permitieron estar con el amor de su vida por pertenecer a una familia enemiga. Nos consolamos pensando que tal vez ese día ella ya no tenía ganas de llorar. Como el clima estaba muy agradable, aprovechamos a recorrer los distintos senderos del parque y visitar otras de las caídas de agua del lugar.

Salto Encantado con poca agua, mucho verde

Saltos del Moconá: maravilla escondida

La sequía que estaba afectando a la provincia no nos había permitido disfrutar demasiado de sus característicos saltos, pero sabíamos que había unos que no nos iban a fallar: los Saltos del Moconá. Estos están dentro de la Reserva de la Biosfera Yabotí, tienen una extensión de tres kilómetros y son únicos en el mundo ya que no son transversales al curso de las aguas como la mayoría de las cataratas, sino que son longitudinales al río Uruguay. Todas las demás cataratas son saltos frontales producidos por cambios de alturas en el curso del río, pero en éste caso es una variación de altura a lo largo del río que no cambia su curso. El canal en donde caen los saltos es una gran falla geológica, su profundidad alcanza en algunos puntos los 170 metros y se puede navegar. En ese lugar, la sequía nos permitió apreciar mucho mejor los saltos ya que cuando el río está muy crecido estos se achican o hasta desaparecen ya que el río se nivela, pero cuando hay menos agua pueden medir más de veinte metros de alto. 

 

Para verlos bien hay que subirse a una lancha que recorre parte de esos tres kilómetros acercándose al agua lo suficiente como para que termines empapado. Fuimos sin demasiadas expectativas, pensábamos que después de ver las Cataratas del Iguazú nada nos iba a sorprender. Nuevamente, estábamos equivocados. La belleza de los saltos es realmente única y estar tan cerca de las caídas nos llenó de emoción y adrenalina. El paseo duró unos 20 minutos y al pocos tiempo de bajar del barco se largó la tormenta que todos venían esperando. Fue cronometrado. Pudimos disfrutar del lugar en el momento justo.

Empapados y felices

Esa noche la pasamos en uno de los miradores que hay en la ruta que va desde El Soberbio hacia el parque. Estar rodeados de una vegetación espesa con un cielo completamente estrellado, un clima cálido y con sólo el sonido de la selva fue el mejor cierre para un día único. El mirador nos gustó tanto que nos quedamos un par de días aprovechando la paz del lugar para seguir escribiendo el libro del viaje que en pocas semanas esperamos esté terminado. En este lugar nos encontramos por casualidad con otra Kombi viajera, La Pitufa por Latinomérica y sus dos tripulantes españolas que están recorriendo nuestro país.

El Soberbio es el pueblito base del cual uno debe partir para llegar a los saltos. Al estar en frente de brasil, la mayoría de sus habitantes vinieron del país vecino a instalarse allí. Entender lo que habla la gente en la calle es una misión imposible. Conocimos a una pareja de brasileros que vivía allí hacía seis años y todavía no habían aprendido a hablar español porque el portugues pareciera ser la lengua local. Allí pasamos una noche estacionados en la plaza principal donde muchos se nos acercaron a pedir trabajo creyendo que éramos parte del circo que estaba instalado en frente.

Oberá: Capital Nacional del Inmigrante

Desde El Soberbio nos fuimos para Oberá, ciudad conocida por albergar cada año la Fiesta Nacional de los Inmigrantes. Al momento de llegar, las nubes descargaron todo lo que venían acumulando hacía meses. En seguida las calles se empezaron a inundar y no teníamos dónde parar, así que nos metimos en el Parque de las Naciones, el predio donde cada septiembre se lleva a cabo la fiesta de la que participan casi 20 colectividades. El predio tiene una extensión de diez hectáreas y allí se encuentran las casas de las distintas colectividades (alemana, árabe, brasileña, española, francesa, italiana, japonesa, danesa, finlandesa, islandesa, noruega, sueca, paraguaya, polaca, rusa, suiza, ucraniana y argentina) que cada año se abren al público para compartir las delicias típicas y realizar shows de música y danza.

En esta época del año las casas estaban cerradas, pero el techo de un galpón sirvió como albergue para protegernos de la lluvia. Allí pasamos la noche y al día siguiente salimos a caminar por el parque en donde visitamos el museo y archivo histórico para conocer más sobre la ciudad y sus festividades.

Nos llamaba la atención la cantidad de personas rubias y de ojos claros que veíamos cruzando en toda la provincia y en Oberá terminamos de comprender la fuerte influencia de la descendencia alemana, ucraniana y suiza.

Después de una parada técnica en una estación de servicio para darnos una ducha caliente, dimos un par de vueltas por la ciudad. Cada plazoleta tiene el nombre de un país diferente y la foto de su reina que se elige cada año. Todo es alusivo a las colectividades.

Refugiados de la lluvia en el Parque de las Naciones

Misiones Jesuíticas: la visita alternativa. 

Las Ruinas de San Ignacio es otra de las paradas obligadas de cualquiera que viene de vacaciones a Misiones, pero como nosotros ya las conocíamos preferimos salir del circuito más turístico y visitar otras de las misiones menos populares y mucho más agrestes: Santa Ana y Loreto. Estos dos complejos no están restaurados como San Ignacio pero su encanto radica en que se encuentran alejados de las ciudades y envueltos en vegetación. Nos encantó caminar y recorrer estos sitios arqueológicos que conviven con la naturaleza y de las que pudimos disfrutar en soledad lejos de las multitudes.

Solos en las Misiones de Loreto

San Ignacio: los secretos del Teyú Cuaré.

Llegamos al pueblo de San Ignacio, esquivamos las misiones y nos dirigimos al Parque Provincial Teyú Cuaré, otra de las maravillas ocultas de la provincia.  Al llegar nos recibió un guardaparques muy amable quien nos invitó a quedarnos a acampar y nos indicó los senderos a recorrer. Subimos al Peñón desde el cual se puede ver el río Paraná, Paraguay y la costa misionera pero lo que nos resultó más interesante es otro sendero que nos llevó a las ruinas de la que, supuestamente, fue la casa de Martin Bormann, el secretario de Hittler que se refugió en medio de la selva tras escapar de Europa al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Allí se encontraron algunas monedas y una lata oxidada de dulce de membrillo con fotos de Mussolini y Hitler en su interior. Según las investigaciones, no se puede confirmar que Bormann se haya refugiado allí, pero sí creen que la casa fue construida con ese propósito.

Esa noche nos fuimos a dormir a una estación de servicio en la ruta y recibimos a visita inesperada de Andrés y Santi de Jardín que justo estaban volviendo de pasar el día en Posadas y no pudieron evitar frenar a saludar al ver la Kombi.

Posadas: la combinación perfecta.

Cuando llegamos a Posadas sabíamos a dónde ir. Lou y Fran nos estaban esperando. Ellos también viajaron hasta Alaska en su Kombi (su página es Kombiando por América), durante su travesía estuvimos muy en contacto pero el camino nunca nos cruzó. La capital misionera fue el escenario del encuentro. Hace un par de meses que se instalaron ahí y abrieron un local de recarga de cerveza artesanal (Así es la birra) que marcha viento en popa.

Nos quedamos 15 días con ellos en los que Nico se dedicó a preparar algunos de los ricos platos que tanto extrañamos fuera de Argentina, los acompañamos al local donde degustamos todas las variedades de cerveza que ofrecen y conocimos a otros viajeros: Lu y Esteban de Los Caminos del Viento quienes van viajando con rumbo norte y vendiendo unos preciosos cuadernos artesanales que nos enseñaron a fabricar.

Un fin de semana participamos del XVIII Encuentro Provincial de Autos y Motos Antiguas en donde pudimos conocer y charlar con muchas personas que se llevaron algunas de nuestras postales y artesanías. El calorcito y la buena organización hicieron del evento un show exitoso y muy concurrido en donde, además, deleitaron a todos los que no éramos de la ciudad con un plato de locro y hamburguesas. Como frutilla del postre, nos dieron el premio al “Participante en auto más lejano”. Ahí también probamos lo que se convirtió en nuestro desayuno o merienda de cada día: el mate cocido de leche con azúcar quemada. Una delicia que adoptamos para los días fríos.

Dentro del rally de actividades que tuvimos en Posadas también participamos del programa de radio Misión Arepa conducido por una familia de simpatiquísimos venezolanos, ahora radicados en Misiones, que llegaron a la provincia manejando desde su país.

Además de recibirnos en su casa, Lou y Fran nos presentaron a su grupo de amigos con quienes compartimos varias comidas y divertidas charlas.

Cuando se terminó el clima cálido que nos venía acompañando y empezó el frío decidimos despedirnos y seguir camino hacia el sur. La despedida, besos y abrazos de un lunes por la noche fueron una farsa porque decidimos quedarnos un día más. Cuando se combinan tantas cosas lindas como un gran grupo de amigos, horas y horas de charlas, un espacio cómodo dónde estar y una buena cerveza, arrancar cuesta más. Finalmente llegó la verdadera última noche en la que hicimos unas ricas pizzas y al otro día volvimos a la ruta cargados de buena energía y con ganas de encarar lo que nos esperaba.

Apóstoles: la mejor despedida.

No podíamos irnos de Misiones sin conocer la capital del mate, Apóstoles. Este pueblo nos encantó desde el momento en el que entramos y recorrimos sus calles anchas con bulevares llenos de enormes árboles. Visitamos el Museo de la Inmigración Ucraniana en donde aprendimos sobre el origen y la técnica de los huevos pintados y fuimos al Museo Juan Szychowski en donde funciona, además, el molino de yerba mate Amanda. Este museo expone muebles, máquinas y piezas antiguas pero su principal atractivo es la historia de este señor Juan, un visionario polaco que a pesar de haber ido al colegio sólo hasta segundo grado, fue capaz de fabricar sofisticadas herramientas para los cultivos de arroz y yerba mate y un torno mecánico hecho íntegramente a mano, hasta el último tornillo lo fabrico él mismo. El trabajo le llevó tres años y lo terminó en 1919, por lo que se cree que fue el primero en su tipo construido en el país. Nico recorrió el lugar sin disimular su sorpresa y yo creo que Juan se convirtió en su nuevo héroe.

Esa noche Laura y Hugo, a quienes conocimos en la calle a la tarde, nos invitaron a comer a su casa. Para combatir el frío nos deleitaron con un potente guiso de lentejas y nos quedamos charlando de viajes hasta la madrugada en lo que fue nuestra última noche en la provincia.

Cena en lo de Laura y Hugo

Si algo descubrimos de Misiones en el mes y medio que nos llevó recorrerlo es que es un mundo aparte. En los pueblos y ciudades que se encuentran en la Ruta Nacional 12, bordeando el río Paraná, predomina el guaraní y sus platos se asemejan a los paraguayos. En la Ruta Provincial 2 frente al río Uruguay, en cambio, manejan un portuñol difícil de entender. Todo esto combinado con la herencia cultural y costumbres de los inmigrantes que llegaron desde Europa. Aquí volvimos a confirmar que un país va mucho más allá de sus límites geográficos y que las fronteras son líneas imaginarias.

En Misiones descubrimos que no todo es tierra colorada ni que las Cataratas del Iguazú son su único atractivo. Sus paisajes nos regalaron subidas y bajadas, selvas espesas, saltos por doquier, extensas plantaciones de pinos y miles de mariposas de colores que son las reinas del lugar.

De Misiones queremos adoptar su ritmo, su siesta obligada y sus mates compartidos a toda hora. Nos acostumbramos a su doble beso al saludar, a que la costanera es la protagonista en cada pueblo y a que la reposera y el termo son aliados infaltables que acompañan a todos en plazas, veredas y costaneras. Su yerba mate es de exportación pero creemos que la amabilidad y generosidad de su gente también lo es.

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2 respuestas a “Misiones, mucho más que tierra colorada

  1. Hooola Lola y Nico! qué bien que lo han pasado en Misiones! Muy interesante la vuelta al pago grande. Me quedo pensando en eso de “acá no sos extranjero”. Quienes vivimos en el exterior -y venimos de un país en general bien visto como Argentina- difrutamos de ese plus que te da el ser “de afuera”. Ahí es cuando agradecés haber nacido en Argentina, ya que el mundo nos mira en forma amigable. A seguir disfrutando!!! un abrazo! Sasi

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    1. Hola Sasi! Tal cual, a diferencia de lo que pensamos, a los argentinos nos quieren mucho afuera y sobre todo les encanta nuestra cultura, ser “el argentino” es algo especial. Aprovechalo! Te mandamos un beso enorme

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