Ruta 3: la gira bonaerense

Llegamos a Buenos Aires a fines de Junio con la idea de publicar nuestro libro y volver a las rutas en Septiembre. El proceso de edición y publicación del libro se demoró un poco más de lo que pensábamos. Nuestro libro nació en Octubre y presentación va, presentación viene, llegó Noviembre. El lunes 5 de ese mes fue el día que definimos para arrancar. Lo pasamos al martes 6 así podíamos hacer una cena de despedida de nuestra familia. Ese lunes por la noche, en medio del un asado, nos escribieron Yudy y JuanMa –los colombianos de Twingo Sudaca a quienes habíamos conocimos en Bogotá en 2015– avisándonos que llegaban al otro día. Decidimos esperarlos para poder recibirlos y arrancar el miércoles 7. Parecía que Buenos Aires no nos quería dejar ir. Finalmente y después de cuatro meses y medio, Kombi pa´l Norte arrancó hacia el Sur. La despedida de la capital, esta vez, no fue temporal ya que Dora y sus tripulantes ahora vamos en busca de un nuevo lugar donde echar raíces (al menos por un tiempo).

Algunos querían subirse a la Kombi y arrancar con nosotros

Primera parada: San Miguel del Monte

Tan a las corridas estábamos antes de salir, que no tuvimos tiempo de decidir hacia dónde iríamos. Una vez que arrancamos el motor, miramos el mapa y decidimos tomar la Ruta 3 e ir hacia San Miguel del Monte. El tráfico que nos agarró en la General Paz no nos molestó demasiado, ya sentíamos el aire de libertad que la ruta nos regala en cada kilómetro.

Llegamos a Monte cuando estaba cayendo el sol y estacionamos frente a la laguna. No sabíamos si era seguro dormir allí así que empezamos a observar: las casas no tenían cerco ni rejas, una garaje estaba abierto con todas las cosas a la vista, los autos estacionados con las ventanas bajas. Todo eso nos dio la pauta de que no habría problema. Cuando empezamos a colgar las cortinas para convertir la Kombi en habitación, se acercó Diego y nos contó que era el dueño del restaurante Agua y Madera y que nos quería invitar a cenar. Descolgamos las cortinas y pusimos primera. Dueño, encargado, mozo. Diego hace todo y se nota que disfruta de sus múltiples roles. Conocía a todos los clientes, a quienes nos fue presentando, y se esmeró en brindarnos la mejor atención. La comida, exquisita: una lasagna superpoderosa y una suprema rellena que nos dejaron de cama.

Al otro día desayunamos frente a la laguna, hice yoga bajo los árboles, pasamos una mañana tranquila y al mediodía nos encontramos con Adriana, la mamá de Pali, amiga de Nico de la facu y a quien habíamos escuchado muchas veces hablar de Monte. Le dejamos un libro para Pali (quien también anda dando vueltas por el mundo) y nos dejó la invitación para cenar unas deliciosas pizzas caseras con ella, su marido Rubén y su hijo Mateo. Durante la tarde nos hicieron una entrevista para Monte TV, el canal local, y disfrutamos de un bello atardecer frente a la laguna. La puesta de sol es un momento del día muy especial para nosotros y que en los pasados meses en la ciudad habíamos olvidado un poco.

Cena con Rubén, Adriana y Mateo

Pasamos otra noche frente a la laguna y el viernes amaneció caluroso. Nos fuimos a la plaza principal donde nos encontramos con el periodista que nos había hecho la nota y nos regaló un mate para que nos lleváramos de recuerdo. También conocimos a otras personas que se aceraron porque nos habían visto en la entrevista de la tele. De ahí visitamos la antigua casa de Juan Manuel de Rosas construida en adobes. Lo más interesante de la visita fue la explicación de cómo hicieron para trasladar semejante construcción desde un pueblo que se encuentra a 30 kilómetros de Monte para instalarla en medio de la ciudad.

Al mediodía decidimos seguir viaje para continuar conociendo la provincia. Después de cuatro meses de sedentarismo, Monte nos dio la mejor bienvenida a las rutas. El camino no demoró en darnos motivos para seguir viajando.

Acampando bajo la lluvia: Las Flores

80 kilómetros hacia el sur nos detuvimos en Las Flores. A simple vista, este pueblo pareciera no tener demasiado, pero su camping municipal vale una visita. En la entrada no había quien cobrara así que ingresamos y nos instalamos bajo unos árboles, nos refrescamos un poco y preparamos algo para almorzar. De repente comenzó a levantarse un viento fuerte y el cielo se oscureció por completo. El viento nos obligó a encerrarnos en la Kombi y a sacarla de abajo de los arboles por precaución. La lluvia nos agarró en medio de una siesta necesaria y continuó toda la noche. Cuando amanecimos, todo a nuestro alrededor era agua. Dora se convirtió en bote y salimos sin problema del charco con rumbo a nuestra siguiente parada.

Un aguacero color Azul

Llegamos a Azul para el mediodía a la casa de Mati, Cande y su hijita Lola. A ellos los habíamos conocido hacía unos años en Costa Rica durante su viaje en camioneta hacia México y nos recibieron con unos fideos caseros hechos por su amigo Gera.

Durante nuestra estadía en Azul no paró de llover, pero no nos afectó demasiado ya que estábamos en buena compañía y aprovechamos para no dejar de comer. También festejamos el cumpleaños de Mati, vendimos muchos libros a azuleños que nos contactaron porque sueñan con viajar y nos encantó conocer las historias del pueblo, como la de la famosa heladería a la que nadie va para no quedar pegados a las denuncias que se hicieron en su contra, pero que tienen más motos de delivery que ninguna otra.

De paseo por Azul a bordo de Dora

La lluvia se tomó un pequeño descanso que nos permitió ir a conocer la balneario, el parque, la plaza principal y el cementerio, cuya entrada nos dejó impactados. La obra fue hecha por Francisco Salamone quien fue contratado por el Gobernador Fresco para construir varios edificios públicos en la provincia (cementerios, municipalidades, mataderos) entre 1936 y 1940. Si les interesa la arquitectura, no dejen de buscar fotos del resto de sus obras.

Entrada al cementerio de Azul

Presentación sorpresa en Olavarría

Nuestra idea era salir por un rato de la Ruta 3 y desviarnos hacia la 51 para conocer Olavarría, aunque sólo de paso. Pero nuestros planes muchas veces están lejos de ser una realidad, esta vez gracias a Caro y Pablo, dos simpáticos kombinautas y excelentes anfitriones que nos escribieron con la propuesta de hacer una presentación del libro y charla en su ciudad. Cuando aceptamos, en dos minutos ya estaba todo arreglado. La cita fue en una pensión estudiantil en la que recibimos a un lindo grupo de gente que se animó a acercarse a pesar de la lluvia. Les mostramos nuestra casita, vimos un video del viaje, charlamos un buen rato y vendimos varios libros (si vos también querés tener nuestro libro podes pedirlo haciendo click acá). Nuevamente, no faltó la nota para el canal de noticias local. Antes, Caro nos llevó a recorrer la ciudad y le dimos duro a la lengua que quedó bien verde de tanto mate. Esa noche, después de la charla, nos juntamos con los amigos de Pablo a cenar y dormimos en su casa. Al otro día almorzamos con él y con Caro, que con mucha paciencia me enseñó a hacer malabares (pero tengo que seguir practicando). Después del almuerzo y de la sesión de fotos con las tres reinas (nuestras Kombis, obviamente), nos despedimos y seguimos camino.

Con Caro y su perra Uma, Pablo y nuestras kombis

Libro, mate y futuros viajeros en Coronel Pringles

El virus viajero cada vez contagia más y llegó hasta Coronel Pringles donde viven Nicolás y Valeria. Ellos nos habían escrito para pedirnos un libro y decidimos llevárselos hasta la puerta de su casa. Durante un buen rato charlamos entre mates y tratamos de disipar muchas de las dudas que cualquiera tiene antes de salir a la ruta. Con su Kombi a punto de salir del mecánico, no veían la hora de agarrar la ruta. Cuando estaba cayendo el sol, decidimos arrancar para empezar a subir a la sierra.

Con Nico y Vale, futuros viajeros

Villa Ventana: la primera sorpresa

No habíamos oído hablar mucho de este pueblito que no llega a los mil habitantes. Nuestro recorrido seguía en Sierra de la Ventana pero nos empezaron a llegar muchas recomendaciones al mismo tiempo y lo tomamos como una señal. Así fue como reemplazamos Sierra por Villa y no nos equivocamos. Cuando entramos a Villa Ventana (es el pueblo más alto de la provincia y en invierno a veces nieva), nos encontramos con Cori y Vero, nuestras amigas viajeras venezolanas a quienes habíamos conocido unos meses atrás en Brasil y a quienes habíamos vuelto a cruzar en Buenos Aires. Ellas estaban parando en la Hostería La Península y nos sumamos a la charla y los mates con miel y limón que estaban compartiendo con Beatriz, la dueña del lugar. Beatriz nos invitó a todos a almorzar unas delicadas pastas en su restaurante y a pasar la noche allí. Durante la tarde salimos a caminar por el pueblo cuyas calles son de tierra y que tiene un pequeño centro comercial, dos ríos que lo rodean, un dique y miles de pinos que lo cobijan. Es sin dudas un lugar especial y que marcamos en nuestra lista de posibles destinos para el futuro.  

Almuerzo en la Hosteria La Peninsula con Cori y Vero

La noche siguiente fuimos a un recital que Cori dio en la Sociedad de Fomento y donde los organizadores convidaron al público con choripanes y cerveza. Nos quedamos hasta tarde charlando con varios miembros de la comunidad sobre lo tranquila que es la vida en la villa.

Al otro día pasamos por Sierra de la Ventana a entregar otro libro, dimos una vuelta rápida y visitamos el cementerio del pueblo vecino, Saldungaray, que también fue construido por Salamone.

Monte Hermoso, de sol a sol

No por casualidad llegamos a Monte Hermoso un fin de semana largo. Nuestra idea era participar en la Feria de las Colectividades que se iba a llevar a cabo esos días para poder contar del viaje y vender nuestro libro. No pudimos convencer a los organizadores y la policía no nos dejó ponernos a vender en la calle, así que cerramos las puertas y nos fuimos a conocer a Violeta y Dany quienes nos habían escrito por Facebook. Ellos también viajaron en su auto hasta Brasil acompañados de sus tres perritos y en seguida surgieron miles de temas de charla. Pasamos la tarde con ellos en su negocio de ropa que tienen en la peatonal y a las 8 de la noche corrimos a la playa a ver el atardecer sobre el mar. Monte Hermoso es de los pocos lugares de la costa argentina donde en verano el sol sale y se pone sobre el agua. El espectáculo es alucinante. De ahí dimos una vuelta por la feria donde comimos unas ricas empanadas chilenas y vimos varios de los bailes típicos de Japón, España, Irlanda y Ucrania.

Con Viole y Dani en Monte Hermoso
Atardecer mágico en Monte

Pasamos el resto del fin de semana disfrutando de la playa y conociendo nuevos amigos, como Bruno y Caro quienes nos invitaron a almorzar y Pablo y Ceci que viajan junto a sus dos hijos en su gran motorhome. También nos encontramos con Betina y Fede, otros dos viajeros que también fueron hasta Alaska en una Partner y a quienes estuvimos cerca de cruzar en Panamá pero que terminamos conociendo en persona en Monte Hermoso frente al faro más alto de Sudamérica (dato clave brindado por Fede).

Post almuerzo con Bruno, Caro y su familia

Retrocediendo a Coronel Dorrego

Como unos mates en la playa no nos alcanzaron, retomamos la Ruta 3 y volvimos atrás unos kilómetros para visitar a Fede y Betina en su casa de Dorrego. Mucha charla, mucha comida, muchas risas y un dedo cortado. Un cuchillo muy afilado le jugó una mala pasada a Nico y terminamos visitando el hospital local para que le hicieran una curación. Por suerte no fue nada grave y después de una romántica despedida con choripanes a la luz de la luna llena, partimos hacia Bahía Blanca al día siguiente.

En el camino, a penas salimos, nos hizo señas una camioneta para que paráramos. Eran de un diario para camioneros llamado El Borne y querían hacernos una nota. Después de la entrevista, hicimos un par de kilómetros más y nos dimos cuenta que no habíamos cargado nafta. Nos fijamos en el mapa y no llegábamos a la siguiente estación así que tuvimos que retroceder y volver, nuevamente, a Dorrego a cargar.

Despedida de Dorrego con Betina y Fede

Días intensos en Bahía Blanca

A Bahía llegamos un jueves al mediodía y nos recibió Mónica en su oficina. Ella es la mamá de Anto, una amiga mía de la facultad que le contó a su familia que íbamos a estar por sus pagos. Mónica nos presentó a su hijo Agustín y a su hermano Mario con quien nos quedamos charlando un buen rato y fue nuestro anfitrión durante nuestra estadía en la ciudad ya que Mónica y su marido Mario tenían que irse a Buenos Aires. Almorzamos con Mónica en su casa donde nos quedamos los siguientes días y nos llevó a la Biblioteca de la Sociedad de Fomento en la que ella colabora y donde había organizado para que diéramos una charla esa misma tarde. La convocatoria fue muy buena y las preguntas aún mejores. Se dio una charla tan linda que pasaron las horas sin darnos cuenta. Esa noche cenamos con Mario, Agustín y un amigo suyo. 

Presentación del libro en Bahía

El viernes salimos a caminar por la ciudad, repartimos unos libros y aprovechamos a lavar ropa y dormir una buena siesta. Bahía se perfilaba como el lugar ideal para tomarnos unos días y descansar. Veníamos de unas semanas muy agitadas conociendo gente, charlando sobre el viaje, vendiendo libros y necesitábamos frenar un poco. Eso pensábamos que íbamos a hacer hasta que Agustín nos comentó que ese fin de semana se iba a llevar a cabo un festival cervecero y que tenía el contacto del organizador para pasarnos por si nos interesaba ir con la Kombi a vender nuestras cosas. Como nos había pasado en Monte Hermoso, nos imaginamos que siendo a última hora ya estaría todo más que organizado. Sin muchas expectativas de respuesta, le escribimos al organizador, Toto, y en seguida nos respondió entusiasmado que fuéramos y nos hacían un lugar. Él hizo simple lo que parecía complicado, cuando hay ganas y predisposición, todo se logra y él consiguió que nosotros pudiéramos participar. Cancelamos los planes de descanso y nos preparamos para trabajar todo el fin de semana. El sábado arrancamos temprano para instalarnos en la feria. Nos rodearon distintos puestos de cerveza artesanal que sus dueños se acercaron a convidarnos y pasamos dos días hablando del viaje y vendiendo nuestro libro y artesanías. Los bahienses nos hicieron reír hablando mal de ellos mismos y asegurando que no son muy simpáticos, sin embargo vimos lo contrario: recibimos muchas invitaciones y muestras de afecto.

Trabajando en el Festival Cervecero

El lunes durante el día decidimos recuperar energías y a la tarde fuimos a conocer a Cira y Juan quienes nos habían escrito para conocernos. Ellos también tienen Kombi y están con ganas de salir a las rutas (como ya les advertimos, esto es muy contagioso).

El martes fue nuestro último día y salimos a conocer el Museo del Puerto (lleno de antigüedades y cargado de historias de los inmigrantes que fundaron la ciudad) y el Ferrowhite (un museo dedicado a los trabajadores ferroviarios). También visitamos a José y Mariana, otros bellos kombinautas y amantes de la Permacultura.

Esa noche volvieron de Buenos Aires los dueños de casa y cenamos con la familia unas pizzas caseras que preparamos con Nico. El miércoles, casi una semana después de haber llegado, nos despedimos muy agradecidos, para continuar nuestra ruta sur.

Con Mónica y Mario en Bahía

Demoramos tres semanas en hacer 700 kilómetros. La Patagonia se estaba haciendo desear. Pero esto nos permitió recorrer ciudades y pueblos de la provincia de Buenos Aires que no habíamos visitado nunca, subir a la sierra, bajar a la playa, contemplar atardeceres, probar comidas, vender libros y sobre todo, compartir con la gente de cada lugar que pisamos. Nunca nos vamos a cansar de repetir que las personas que cruzamos, son el viaje.

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4 respuestas a “Ruta 3: la gira bonaerense

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