Ruta 3: Estepa Patagónica (Río Negro y Chubut)

(Para seguir nuestro recorrido por la Ruta 3 desde Buenos Aires hasta Río Negro, leé primero esta nota haciendo click acá)

Río Negro

Viedma: las charlas

Dejamos atrás la provincia de Buenos Aires pasando por Carmen de Patagones, y el viejo puente que cruza el río Negro nos dio la bienvenida a Viedma. Así arrancamos el recorrido por una nueva provincia, puerta de entrada a la Patagonia.

Apenas bajamos del puente que conecta Patagones con Viedma, nos recibió Simón y nos dio la llaves de su casa para que fuéramos a acomodarnos mientras él se iba a trabajar. Como viajero experto, conoce perfectamente las necesidades del trotamundos (baño, ducha, wifi). A él y a su novia Giselle los habíamos conocido hacía unos años en Manuel Antonio, una de las playas paradisíacas de Costa Rica. Cuando los cruzamos, venían bajando desde México en su Kombi y hace un tiempo volvieron a instalarse en su Viedma natal.

Guardamos las llaves y decidimos ir a recorrer la ciudad antes de ir a su casa. Fuimos de una punta de la costanera a la otra y nos estacionamos frente a la oficina de información turística donde aprovechamos a pintar algunas partes de la Kombi que el óxido había empezado a deteriorar. Durante las horas que estuvimos allí, mientras Nico le daba al pincel, yo me puse a charlar con la gente que se acercaba. La primera fue Flor, otra dueña de Kombi que nos había escrito por Instagram para juntarnos. Así conocimos a varios viedmenses y personas de localidades vecinas que pasaban por el lugar. Compartimos unos mates, vendimos un par de libros y nos entrevistaron para el diario local. De repente nos dimos cuenta que la tarde se había pasado y que Simón debía estar por salir del trabajo. Le avisamos que al final nunca pasamos por su casa y nos reunimos con él en la costanera. Esa noche compartimos unos ricos ravioles con él y Gise y recordamos historias de nuestro paso por Costa Rica.

Al día siguiente Simón nos llevó a visitar La Boca, el balneario que frecuentan los de Viedma y donde desemboca el río Negro en el mar. Visitamos la playa El Espigón donde en sus acantilados vive la colonia de loros barranqueros más grande del mundo. Volvimos a Viedma a la tarde y nos juntamos a tomar unos mates con Maru, una excompañera mía de la facultad, y su novio Facu. Hacía diez años que no nos veíamos y fue como si no hubiera pasado un día. El tiempo no nos alcanzó para charlar todo lo que hubiéramos querido, pero teníamos un cena a la que no queríamos faltar.

Loros barranqueros en Playa El Espigón

Rodrigo es el dueño de Pata Negra, un resto bar ubicado frente a la costanera de Carmen de Patagones. Además, es amante de las Kombis y no pudo evitar ofrecer su ayuda cuando nos vio, esa misma mañana, rotando las cubiertas de la Kombi en plena calle. Además nos dejó la invitación para que esa noche fuéramos a comer a su restaurante. Allí comimos unas hamburguesas gigantes y riquísimas y charlamos con él sobre sus varios emprendimientos y proyectos.

Esa noche volvimos a dormir a lo de Simón y al otro día nos despedimos de él para seguir viaje. Con lo bien que nos trataron en Viedma, no nos faltaron ganas de quedarnos, pero el sabemos que el verano en el sur es corto y tenemos que aprovecharlo al máximo.

Playa Punta Perdices: la paz

Hacía sólo un par de semanas que habíamos arrancado desde Buenos Aires pero sentíamos que llevábamos meses en la ruta. Todo había sido tan intenso que necesitábamos darnos un descanso y desconectarnos de todo. Punta Perdices fue el mejor lugar para hacerlo. Un playa en el pueblito de San Antonio Este totalmente aislada donde la arena es reemplazada por los caracoles. Pasamos dos noches allí en medio de la nada disfrutando de los atardeceres tardíos, analizando los cambios en la marea (un día el mar se retiró un par de kilómetros y horas después volvió a subir hasta donde estábamos), leyendo y observando a los pescadores que se acercaban a pasar el día.

Atardecer en Playa Punta Perdices

Las Grutas: el reencuentro

El domingo se levantó mucho viento y decidimos abandonar nuestro hogar transitorio y movernos hacia Las Grutas donde volvimos a encontrarnos con nuestras queridas amigas Cori y Vero. Ellas se estaban quedando en una casita frente al mar que compartieron con nosotros. Nos recibieron con un rico almuerzo, pasamos el día en la playa, comimos churros y nos reímos como siempre que estamos con ellas.

Decimos seguir viaje juntos al día siguiente así que fuimos en caravana un par de kilómetros hasta que al llegar a la única estación de servicio del camino nos avisaron que no tenían nafta. A nosotros nos alcanzaba justito para llegar a Sierra Grande pero ellas debieron volver unos cuantos kilómetros para cargar en San Antonio Oeste, cerca de Las Grutas. Nosotros seguimos camino y las reencontramos en Sierra Grande donde, esta vez, nosotros las esperamos con el almuerzo.

Siempre tentados con Cori y Vero

Chubut

Puerto Pirámides: las ballenas

Juntos cruzamos una nueva frontera provincial y entramos a Chubut. Después de unas cuantas horas de ruta, llegamos a Península Valdés. Al entrar, recorrimos el centro de visitantes donde nos dieron información y no pudimos evitar frenar en el cartel de bienvenida a la península para sacar muchas fotos.

Cuando llegamos a Pirámides lo primero que hicimos fue ir al Centro Cultural La Puerta donde Cori iba a cantar unos días después. Allí nos encontramos con Leo y Giampi, sus dueños. Entre mates, ellos nos introdujeron a varios temas importantes de la región que preocupan al pueblo. Uno de ellos, claro está, es la megaminería. En 2002, a través de un en plebiscito, el 81% de la población dijo no a la megaminería en la ciudad. Con ese antecedente, en 2012, los chubutenses impulsaron un Proyecto de Ley (el primero por iniciativa popular) para prohibir definitivamente todo tipo de explotación minera en toda la provincia de Chubut. El proyecto no fue tratado en la sesión legislativa de 2014 y, en cambio, fue reemplazado por uno dictado por las mineras que fue aprobado. Hoy la lucha continúa en defensa del agua y la tierra.

Esa noche Vero y Cori se quedaron a dormir en una de las cabañas de Giampi y nosotros nos fuimos al camping municipal que en esta época del año es gratuito. Estaba lleno de casillas rodantes sin gente. Nos contaron que muchos las dejan durante el invierno reservando un lugar para luego ir a pasar el verano.

La mañana siguiente fue agridulce. Nos despertamos felices para ir a ver las ballenas. A pesar de estar en diciembre, nos contaron que esta fue la temporada donde más ballenas con sus crías se vieron y que todavía se veían varias. Teníamos todo listo pero de repente el viento cambió y cerraron el puerto (en realidad en Pirámides no hay ningún puerto o muelle, sino que los botes son remolcados por tractores hasta el agua, pero es una forma de indicar que no pueden salir). Para darle tiempo al clima a que cambiarla, nos fuimos a visitar la lobería, pero el viento se mantuvo todo el día.

Al mediodía fuimos a almorzar con Cori y Vero a un restaurante donde conocimos a un personaje muy especial. En medio de nuestra charla, una comensal que estaba sola y con ganas de sumarse a la conversación, se acercó y nos contó que era de Francia. La invitamos a sentarse con nosotros, nos contó un poco su historia como cantante y su paso por la fama de su país. No se cómo, pero terminamos viendo videos de ella cantándole a los caballos y cuando estábamos por despedirnos, dijo que nos quería invitar a tomar algo. Nos pedimos un café, alargamos la conversación hasta las seis de la tarde y nos despedimos. Cuando nos íbamos, los del restaurante nos avisaron que los cafés estaban sin pagar. Nos quedamos helados. Quizás Jazmín le llamaba “invitar” a otra cosa.

Al otro día el clima no cambió y tampoco pudimos ir a ver a las ballenas, pero hicimos unas cuantas otras cosas. Aprovechamos la mañana en el camping, fuimos a visitar a Germán, otro Kombinauta que está por abrir una cervecería artesanal, y la tarde participamos del paro de mujeres donde nos juntamos con varias personas del pueblo. Cori sacó su guitarra y se puso a tocar mientras el resto cantamos. Esa noche volvimos a ser testigos el talento de Cori, esta vez sobre el escenario de La Puerta. Fue un muy lindo show a sala llena, hasta que nuestra amiga francesa, que era parte del público, no pudo evitar subir al escenario para mostrar su repertorio.

El jueves amaneció con viento Norte y eso significaba que el puerto estaba abierto. A las 9 entramos a la empresa de avistaje Peke Sosa quienes nos invitaron a hacer el tour. Micky y Pamela, sus dueños, también son viajeros y fueron hasta Alaska en una moto que orgullosos exhiben en la agencia.

El avistaje fue mucho más increíble de lo que nos imaginábamos. A pesar de que ya lo habíamos hecho en una visita anterior de más chicos, no pudimos evitar emocionarnos al ver a las ballenas nadando al lado del barco, mostrando sus colas y acompañando a sus bebés. Un muy especial regalo de la naturaleza.

Mirá la galería de fotos de Puerto Pirámides!

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Puerto Madryn: el chapuzón

Ese mismo jueves nos despedimos del lindo grupo que conocimos en Pirámides y, junto a las chicas, partimos para Puerto Madryn. Antes de llegar a la ciudad, nos desviamos al barrio El Doradillo para conocer a Guille, Naza y sus hijos Lolo y Felipe. Guille es otro fanático de las Kombis que se hizo conocido entre los viajeros por ofrecer su casa como refugio para los que estamos de paso. Ellos nos dieron la bienvenida a los cuatro. Pasamos la tarde allí y a la noche, en caravana, las tres Kombis nos fuimos al centro de Madryn a asistir a la noche venezolana de la que iba a participar Cori deleitándonos con la música de su país. Fue muy emocionante escucharla y el final nos dejó a todos llorando cuando una compatriota que estaba en el público se acercó a cantar con Cori un tema llamado “Venezuela”. La piel de gallina.

Esa noche dormimos en lo de Guille y Naza y al otro día aprovechamos a bañarnos, lavar ropa, lavar la Kombi, cambiar el aceite y hacer unos trámites. La segunda noche la pasamos en la ciudad frente a la rambla, bastante más ruidoso que lo de Guille que queda prácticamente en medio del campo.

El sábado a la mañana nos fuimos a Playa Paraná, al sur de Madryn, a encontrarnos nuevamente con ellos y sus amigos. El calor era tal que nos animamos a meternos al mar helado con tal de refrescarnos un poco. Tuvimos que repetir el chapuzón varias veces para evitar un golpe de calor pero no podíamos quedarnos ni un segundo en el agua de lo fría que estaba.

Alrededor de las cinco de la tarde, el viento patagónico empezó a aparecer y nos obligó a abandonar la playa para no quedar cubiertos de tierra. Como todavía quedaban varias horas de luz, decidimos agarrar la ruta y hacer unos kilómetros más.

Día de sol en Playa Paraná

Trelew y Gaiman: los festejos

Un rato después llegamos a una YPF en la entrada de Trelew. El calor de todo el día no había sido gratis y mi cabeza explotaba de dolor. Por suerte, empezó a soplar un poco el viento y con la caída del sol, a refrescar. Eso, sumado a que pudimos darnos una buena ducha, ayudó a disipar la migraña. Pasar la noche en una estación de servicio suele implicar tránsito, camiones,  movimiento, ruido. Pero no en esta. Había un lugar especial para estacionar y fue una noche absolutamente tranquila.

Al otro día fuimos a dar una vueltas por la ciudad y almorzar con Leo, Lidia y su familia. Nos invitaron un rico asado mientras esperaban ansiosos la final de la Copa Libertadores entre River y Boca. Como muchos otros que cruzamos en el camino, ellos también están preparando su Kombi para salir de viaje.

Asado familiar de domingo con Leo, Lidia y su familia

Después de almorzar, nos fuimos a conocer Gaiman. Este pueblo turístico a 15 km de Trelew es conocido por mantener las costumbres de los colonos galeses que llegaron en 1865. Recorrimos la pequeña ciudad y nos sentamos frente al río a tomar mate cuando empezaron a aparecer autos embanderados de rojo y blanco por todos lados. Al ritmo de los bocinazos festejaban el triunfo de River.

Cuando empezó a caer el sol, decidimos volver a la estación de servicio de Trelew donde tan bien habíamos dormido. Los festejos también se escuchaban ahí pero nada que unos tapones para los oídos no solucionaran.

A la mañana siguiente nos dimos otra ducha caliente y cuando preparábamos el desayuno se acercó la Community Manager de la YPF (quien maneja sus redes sociales) para pedirnos una foto para la página. Le contamos lo cómodos que habíamos estado durmiendo ahí y usando las duchas y nos contó que la dueña es de familia de camioneros y que quiso hacer las instalaciones bien cómodas para los viajantes.

Camarones y Cabo dos Bahías: los pingüinos

Cerca del mediodía tomamos la Ruta 3 y nos desviamos 70 kilómetros hacia Camarones, un pueblo costero muy chiquito. Nos estacionamos frente al mar, preparamos una torta, vimos el atardecer y pasamos la noche ahí. Al otro día hicimos 30 kilómetros de ripio para llegar a la Reserva Cabo dos Bahías. Al llegar no había nadie para cobrarnos la entrada y fuimos hasta la pingüinera donde recorrimos una pasarela de unos 400 metros y pudimos ver cientos de pingüinos bien cerca nuestro. Nos sorprendió que los pingüinos lejos de asustarse, se acercaban curiosos. Tuvimos la suerte, además, de ver a un grupo de investigadoras del Conicet sacando a los bebes de las cuevas para pesarlos y medirlos. Dentro de la reserva también vimos muchos guanacos y visitamos varios miradores. Después de unas horas, volvimos a tomar el camino de ripio pero antes de llegar a Camarones, nos desviamos y pasamos el resto de la tarde y la noche sobre los acantilados frente al mar y con la vista del pueblo frente a nosotros. En ese lugar tan inmenso, el olor a mar, el clima tan seco, el viento, ningún árbol a la vista y la total soledad nos permitió darnos cuenta de que estábamos en plena estepa patagónica.

Al otro día volvimos a tomar la Ruta 3 y llegamos hasta Comodoro Rivadavia. Dimos una vuelta por la ciudad y visitamos Rada Tilly. Como todavía era temprano y el sol se ponía cada vez más tarde, decidimos seguir camino y encarar una nueva provincia: Santa Cruz.

Pingüinos en Reserva Cabo Dos Bahías
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